Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Diálogos de Platón, Vol. 2

I

Eros- ¡Que te follen!
Thanatos- Muérete.

II

Creonte- He acudido a Delfos, y pregunté sobre el mal que se cierne sobre Tebas. He traído a un sabio para que te informe a ti y a la polis.
Edipo- ¿El adivino Tiresias?
Creonte- No. Sigmund Freud.

III

Freud- El caso es que usted siente una atracción sexual hacia su madre que sólo podrá ser satisfecha si consigue matar a su padre. Así superará el complejo de castración causado por la represión de sus instintos.
Edipo- Acojonante, ¿y cómo decías que se llamaba eso?

IV

[Desnudos en la cama]
Eva- ¿En qué piensas?
Dios- En nada, sólo en toda la creación del universo.
Eva- Oh, Don Insolente.
Dios- Es que no me parece bien esto que estamos haciendo. Adán es mi amigo, y yo te creé para él. Además, usando condón. Si se entera el Papa se me cae la aureola.
Eva- Pero, Dios, tú eres omnisciente y omnipotente.
Dios- Gracias, mujer. Tú tampoco estuviste tan mal.
Eva- Quiero decir que si lo sabes todo y eres un presente continuo, ya tendrías que haber predicho que esto iba a suceder.
Dios- ...Cierto. No lo había pensado.
Eva- No. SÍ lo habías pensado.
Dios- Mierda, tengo la cabeza a pájaros. Voy a crear un ejército de secuaces que me ayuden en mis tareas celestiales. Serán como los humanos, pero con alas, no vaya a ser que se caigan. En esa nube pondré mi altar. Puedo comprar los muebles en IKEA, igual me hacen descuento por... No sé... Crear el universo y tal...
Eva- Dios, olvida el universo. Huyamos juntos.
Dios- Te he dicho que no puedo. Yo soy un ente abstracto de cuestionable existencia y tú eres un ser humano. Además, eres de Adán y, pronto tendrás dos hijos con él.
Eva- Entonces, ¿por qué en vez de robarle la chica a tu mejor amigo no te creas una mujer para tí, que sea de tu misma condición?
Dios- ...Creo que soy gay.

V

Dios- Venga, volvamos a empezar. Ahora he cambiado, tú me has cambiado.
Tierra- No sé yo si creerte.
Bush- Di que no. Qué sabrá él.
Dios- ¿Qué pasa? ¿Aún sigues con él?
Tierra- ¡No! ¡Ya no! Pero sigue llamándome...
Dios- ¿Es que ya no sientes nada por mí?
Tierra- No tanto como antes.
Dios- Pues mientras haya una iglesia, aunque sólo sea un cura descerebrado en su superficie, yo seguiré aquí a tu lado.
Bakunin- Ya habéis oido, chicos. A las barricadas.

Navidad.

Sólo soy un pavo que rellenan de patrañas publicitarias y enjundias consumistas y se expone día a día al hambriento gentío. Me juzgan aunque no me conocen. Se conocen, pero no quieren verse.

Apenas llegamos a los 7 años y ya sospechamos que nuestros regalos no vienen del polo Norte. Superado el trauma, nos vemos más mayores, más maduros. Sin embargo, seguimos comprando regalos, pidiendo regalos; seguimos engullendo langostinos, uvas, mazapán, y kilos de publicidad de perfumes; seguimos soportando los villancicos omnipresentes; seguimos reuniéndonos con familiares que son completos desconocidos por el simple hecho de que es Navidad y tenemos la obligación moral de fingir que amamos a la humanidad; seguimos deseando que nuestra cena sea igual que la de un anuncio de turrón; seguimos vistiendo gorros, "despidiendo el año", seguimos queriendo ser mejores personas. Dejamos de creer en los Reyes, ¿pero cuándo dejaremos de creer en la Navidad?

Felices Fiestas ;)

martes, 24 de noviembre de 2009

Nunca lo entenderéis :)

Qué tiempos más duros para los soñadores. La vida no sirve para amarla, para conocerla. Sed máquinas de trabajo, lobotomizad nuestras manos y consagrad nuestras mentes a la doctrina de la demagogia. Poco a poco, sí que os parecereis a los líderes.

Ulises, no vuelvas a Ítaca, no ahora. Penélope sigue hilando y el tiempo se desteje ante sus ojos, pero Calipso te necesita, para un paso más, sólo un segundo más. No seas duro conmigo. Sabes que nunca encontraré a nadie como tú. Podríamos salvarles. Podrías salvarme.

Neruda, ¿qué hacías cuando sucedía que te cansabas de ser hombre?

lunes, 26 de octubre de 2009

Caperucita Rota.

Fue en las horas indecibles de una noche turbia
cuando Caperucita llegó por fin a su casa.
Nada quedaba de sus trenzas
ni de los botones dorados de su peto.
Y su caperucita, rota, sucia
estaba ahora amarrada en su mano.
Descalza, cruzó la salita
con sangre en los ojos
con barro en las venas
y lágrimas en la camisa.

Sus padres, la aguardaban en el espacio
a la luz del dogma televisivo.
Su madre, prefería no verla.
Su padre no podía dejar de mirar
cómo la caperucita se arrastraba
escaleras arriba.

¿Qué hiciste con ella todo este tiempo, padre?
¿Dónde estabas mientras ella de mala manera
aprendió a vivir?
Los cuentos cambian, las verdades mienten
y ahora un lobo se metió en las tripas
de tu pobre Caperucita.
Le deshizo las trenzas,
le arranzó los dorados botones,
la descalzó para que nunca pudiese
caminar sin mirar.
Para que nunca jamás
se confundiese de camino.
Y qué favor le hizo, en realidad,
desatando su caperucita,
desgarrando sus caderas
y plantando en su lugar
una sensación muy parecida al amor.

Tú nunca podrías haberlo hecho, padre.
Era más hermoso atarle la caperucita.
Era más facil pensar que la tendría para siempre.
Te quedaste en casa, empapado de la seguridad de la estufa
del dogma televisivo,
esperando el momento idóneo para salir y rescatarla
de las tripas de aquel lobo feroz.

Pero tú nunca apareciste.
Porque en un momento repentino
te negó la entrada al umbral de su intimidad,
te viste incapaz de descifrar sus enigmas.
Porque esa criatura ya era una persona
cuando te volviste a ver tentado
de destapar su caperucita.

Por eso eres el primer culpable,
y luego ese lobo cobarde y engañoso,
y luego ese estricto profesor de matemáticas,
y luego ese político que te defrauda,
y luego, siempre tú.
Tú le has quitado su caperucita.

Pero no te sientas mal, padre,
porque el pasado sea irreversible,
porque ahora se haya vuelto muy pesada como para montarla en tus hombros,
porque, aunque te siga despidiendo con un beso,
aunque llegue a casa con las rodillas peladas,
y compartáis momentos de charla ligera o dogma televisivo,
ella no siga siendo tu Caperucita
ni tu el héroe que la salvaría del mundo.

Tú tampoco lograste salvarte, padre.
Por eso no sufras si oyes sus llantos al otro lado de la puerta.
No preguntes quién deshizo sus trenzas,
quién arrancó sus dorados botones,
o quién le desató su caperucita.
No intentes entender por qué tomó el camino largo
y dejó que aquel lobo probase los humildes manjares de su cesta.

En verdad te digo, padre,
que hay capas que es mejor no descubrir.

martes, 6 de octubre de 2009

A veces pienso que dices...

Nunca te quise.


Solo te vi socialmente correcto para acompañarme.


Nunca te quise.


Y nunca quise hacerlo.


Nunca te quise.


Solo te besé para no verte llorar.


Nunca te quise.


Solo me quise en otra persona.
Solo traté de cambiar mi existencia.
Quería saber qué sentía la gente
al creer que es feliz.



Nunca te quise.


Aunque a veces, quise hacerlo.


Aún así, no lo logré.


Quería olvidarme del monstruo en el que me estaba volviendo.
Aliviar el dolor de pies que provoca
caminar en un sendero de perdición.
Librarme de los pensamientos de un ser ilegible.

Nacer en otros mundos.
Morir por otras causas.
Pensar otros futuros.
Recordar otros pasados.
Y ver otro presente más consolador.


Aún así, no lo logré.


Nunca te quise.


Dices cuando digo "Nunca te quise"


Y entonces
siento que pierdo
la única razón para quererme.









(Ojalá las cosas se solucionen)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Mejor que nada.

GC: No recuerdo muy bien qué arrebato emocional me impulsó a escribir algo tan salido de mi temática tétrico-erótica-esperpéntica. Pero la musa es caprichosa, y viene cuando quiere y con lo que quiere, y lo que quería esta vez era un relato de amor platónico de adolescentes confusos y suprahormonados. Lo escribí de un tirón, espero que esté contenta.
xx

Encontró sitio donde aparcar al lado de un árbol robusto y con olor a muerte por otoño. Parecía que no había nada mejor que hacer que sentarse en su sombra para ver cómo, a nuestro frente, el sol agonizaba sobre la colina. Unos metros más allá, al borde del mirador, había aparcados unos cuantos coches cuyos ocupantes los hacían chirriar, sudar, y revolcarse con impúdica efusividad. No sé si fue envidia, repulsión o curiosidad lo que sentí, pero aquel espectáculo de amor automovilístico no me dejó indiferente.

Noté las cadenas de sus pantalones acercarse y me giré hacia él, mi mejor amigo, que siempre parecía recién levantado. Se sentó a mi izquierda, o mejor dicho, junto a mí. Como siempre que no se le ocurría qué decir, se rascaba insistentemente la cabeza con el dedo corazón. En algún momento que no consigo recordar nuestras manos se entrelazaron, e incluso nuestras Converse parecían haberse confundido. Una fuerza desconocida atrajo mi cabeza a su hombro (¿Por qué?) y él acercó su boca a mi pelo. No sé si lo besó, o simplemente lo presionó con los labios. No me resultó incómodo, ni extraño, tampoco excitante, sólo me reconfortó, como cuando te echas Vics VaporRub en el pecho y notas un torrente helado de satisfacción. Fue en aquel momento cuando me pregunté por qué nunca tuve la brillante idea de enamorarme de él.



Entonces dijo algo:

- Creo que nunca podré volver con Él.

Yo le miré, con el mismo rostro con el que él estaba mirando al vacío. Me vi obligada a decir algo, también a callarme. Finalmente me dejé llevar por la espontaneidad.

- Hacíais muy buena pareja -mentí. No sabía por qué de alguna cierta manera sus palabras me hacían feliz.

Se giró hacia mí y me estudió durante unos segundos. Yo le miraba asustada, como esperando a lo inminente, lo inevitable. El pegaría sus labios con los míos y aunque yo no me sintiera segura de ello, no conseguiría (ni querría) evitarlo.

No sé cuánto duró aquel mágico y extraño momento. Los coches parecían haberse callados y el sol ya se había ahogado en el horizonte. Pero nos despegamos y caí en la cuenta de que no había sido tan maravilloso como esperaba. Fue un beso indeciso, forzado, menos que sincero fue irreal. Ni siquiera habíamos abierto la boca. Y efectivamente nuestros rostros expresaban esa sensación de decepción y confusión al separarnos.

- Ojalá fueras un chico -me dijo. Sus ojos eran muy tiernos.

Yo no supe qué decir, ni como sonreír, o si echarme a llorar. Por mi mente pasó una imagen de mi con el pelo corto y atributos
masculinos. Concluí que él tampoco me gustaría si tuviese que ser algo
parecido a aquella imagen. Por nuestro propio bien, retornamos a nuestra posición inicial, donde compartíamos el calor de nuestras manos y nuestras Converse se entrecruzaban. Y nos sentimos bien, nos sentimos amantes, incluso más que todas aquellas efímeras parejas de los coches, o que los amantes de los sellos, o del dinero. Había tantas formas de amar y de ser amado, que aquella tan simple y tan blanca era mejor que nada.

viernes, 7 de agosto de 2009

Una palabra.



La persona que sea capaz de definirse con una sola palabra, siempre será "simple"

lunes, 22 de junio de 2009

Demonio

Canción de hace mucho,mucho,mucho.

Capricho del destino
Boceto de melancolía
Príncipe macabro de mi anarquía.

Caldo para el marisco vivo
Escombros sin destrozar
Delfín que se ahoga en el mar.

Sonríes a los enemigos
Hablas cuando hay que callar
y lloras como si alguien te fuera a mirar.

Tus orejas con anillos
sirven sólo para espantar
palabras que caducan en un disco-bar.

Miénteme y no me digas
que la vida te ha tratado mal.
Que una puerta sin salida
es salida sin buscar.
Sígueme y no arrastres
tus rencores y tu pantalón
¿Quién ha amado alguna vez
a un demonio sin cinturón?

Pecado inconfesable
castigo de la sobriedad
dueño de mil mentiras y una verdad.

Si te busco y te miro
no gires tu cara de acero
que la vida es corta para un dolor tan sincero.

Miénteme y no me digas
que la vida te ha tratado mal.
Que una puerta sin salida
es salida sin buscar.
Sígueme y no arrastres
tus rencores y tu pantalón
¿Quién ha amado alguna vez
a un demonio sin cinturón?

Deja de quejarte y calla
que me habla tu pobre corazón
dice que algunas veces tuve razón.

Acércate si me alejo
no estoy triste de verdad
sabes que sigo creyendo
que nunca es tarde para tardar.

martes, 9 de junio de 2009

El Doctor.

El doctor Gerard Ayuso Virgili esperaba a su próximo paciente. Era la primera vez que vestía aquella bata color lejía. Olía a vinagre y le tiraba al extender los brazos. Manoseó los objetos que se encontraban en sus bolsillos: Un termómetro de mercurio, una jeringuilla usada, un bote vacío de barbitúricos y muchos bolis; unos, con el capuchón mordido, otros, sin capuchón. “Doctor Gerard Ayuso Virgili”, dijo, y rió para sí.

La puerta se abrió con indecisión. Apareció cojeando, una chica, de no más de veinte, envuelta en un abrigo negro. Al doctor le recordó a una de esas nuevas punkis que no hacen otra cosa que llorar y cortarse. Temblaba, quizá de frío o de miedo y aguantaba las lágrimas para que no se le derramase la raya negra de los ojos. Como las uñas y las botas de cuero, también tenía el pelo negro, excepto un gran mechón fucsia que le cruzaba la frente.

Los ojos de cuervo de la chica estudiaron la sala, llena de propaganda de medicamentos y enfermedades degenerativas, y desembocaron en el doctor, un hombre con pinta de pirata y sonrisa desafiante. Tenía el rostro rojizo, lleno de cicatrices, los ojos globulosos, uno gris y otro muy oscuro, de mirada bizca. Sus manos peludas y esqueléticas cargaban unos cuantos anillos dorados.

- Doctor Gerard Ayuso Virgili. ¿Es… Es usted el nuevo médico? –preguntó con una mueca.
- En efecto. ¿Es usted la nueva paciente?

La chica punki rió por lo bajo, hasta que volvió a recordar el dolor tan punzante que sentía en la pierna. La agarró instintivamente, apretando los ojos.

- ¿Dónde te duele, jovencita? –preguntó el doctor levantándose de su asiento.
- La rodilla, la de la derecha –gruñó.
- ¿Desde hace mucho o es reciente?
- Reciente. Me he caído por las escaleras, las de la plaza.
- Menudas escaleras esas. ¿Ha sido en el hueso o en el músculo?
- No sé… -jadeó-. Me dolió mucho y me senté… Y luego se me pasó. Ahora me duele muchísimo.
- ¿Puedes andar, jovencita?

La chica punki hizo ademán de levantarse, pero resbaló como si sus enormes coturnos estuviesen untados de mantequilla. Rápido como el pensamiento, el doctor Gerard Ayuso Virgili agarró a la chica, lo que provocó un respingo de ella. Luego la tomó en brazos y la colocó en la camilla.

- ¿Acostada te duele? –preguntó el doctor.
- Menos –dijo ella entre dientes.
- Menos, ¿eh?… -murmuró el doctor tocándose la barbilla- Quítate el abrigo. Hm… ¿Puedes quitarte sola la bota?
- No creo.
El doctor Gerard Ayuso Virgili bajó la cremallera de la bota mientras la chica punki se desabrochaba el abrigo y se subía la falda escocesa.
- Ah, perdón. Que era la otra pierna.

Tomó con cuidado la pierna derecha y la deshizo de su bota. Llegado a ese punto, el doctor Gerard Ayuso Virgili tenía en sus manos la pierna, pero no sabía muy bien cómo estirarla. Era más larga de lo que parecía, pensó, que con las botas puestas. Tan sana, tan fina, brillante, como de goma. Disfrutó en silencio, durante un largo tiempo, de la perfección de esas piernas, mientras la chica punki intentaba averiguar sus pensamientos.

- Ahora en alto no me duele –dijo ella, para captar su atención.

El doctor Gerard Ayuso Virgili, como si despertase de una ensoñación, dio un respingo y la miró.

- Jovencita, eso es algo normal, ¿sabes? –tartamudeó. Luego, probó a estirar la pierna hacia ella y preguntó-: ¿Así te duele?
- Hm… No mucho… Me molesta, pero no…
- ¿Y así? –preguntó clavando su ojo gris en ella, doblando la pierna-. ¿Así te duele?

La chica arqueó la espalda y apretó los ojos.

- Sí, así sí. Para -dijo rechinando los dientes.
- Vaya. Lo siento, jovencita.
- No. No importa.

El doctor desdobló con cuidado la pierna, y la chica relajó el cuerpo. El doctor Gerard Ayuso Virgili adoptó una pose reflexiva y dio unas cuantas vueltas, alrededor de su estéril despacho. Primero hacia el escritorio, luego hacia la camilla, así sucesivamente mientras la chica punki le seguía con la mirada. Luego se detuvo y chasqueó los dedos.

- ¡Pues claro! –exclamó-. ¿Cómo no me habré dado cuenta antes?
- ¿Darse cuenta de qué? –preguntó con labios temblorosos la paciente.
- Jovencita, eso no es más que un esguince.
- ¿Un esguince? –exclamó perpleja.
- Mm… Sí, un esguince en toda regla, jovencita. Te has dado a conciencia –ella sonrió algo avergonzada-. Pero no te preocupes, tienes suerte de que yo soy un especialista en esguinces. Mi familia tuvo muchos y yo siempre les hago lo mismo.
- ¿Tiene que vendarme?
- Bueno, vendarte es lo de menos. Lo primero que debo hacer es masajearte con una pomada infalible.

El doctor Gerard Ayuso Virgili se dirigió presuroso a sus estanterías. Buscó entre los palillos y las jeringuillas aquel ungüento especial. Finalmente se decantó por un tubo parecido al dentífrico, del cual ciertamente, desconocía su utilidad, pero que pensó que serviría como placebo.

Tomó un buen chorro en su mano y lo extendió por la rodilla con absoluta suavidad, tanta que hizo estremecerse a la paciente.
- Está frío –dijo ella con una risa nerviosa.
- Eso es buena señal –dijo con una de sus más amables sonrisas, ya que para él lo principal, era que su paciente se relajara. La chica, que parecía más relajada cerró los ojos y él continuó masajeando, primero la rodilla y luego la pierna entera, incluidos los pies. Acarició en círculos desde arriba, en el pulgar, hasta abajo, en la ingle. Al ver que ella no oponía resistencia, comenzó con la otra, e hizo lo mismo.
- Caray, eres guapísima...

La chica sólo respondió con un ronroneo. Luego, echó la cabeza a un lado.

El tratamiento había finalizado. El doctor Gerard Ayuso Virgili se miró las manos pegajosas y aspiró fervorosamente el olor a natillas de la pomada. La chica punki volvió a abrir los ojos.

- ¿Mejor? –dijo él.
- Guao… Muchísimo mejor… Es una crema buenísima. ¿De qué marca es?
- Hm... No está comercializada. Pero todos mis pacientes les… ¡Oh! ¡Qué cabeza! ¡Se me han acabado las vendas! ¿Me disculpas un segundo, jovencita? Mientras deja que la pomada penetre por toda tu piel. Eso es vital.
- Vale, doctor. ¡Gracias!
- ¡Eh! ¡Es mi trabajo!

Y con una sonrisa y un guiño se despidió de su paciente y cerró la puerta. Ahora sólo se oía un grifo goteando y la respiración impaciente de la chica. El reloj ya había recorrido media esfera, pero el doctor Gerard Ayuso Virgili seguía sin volver. Sintió que los ojos se le cerraban y estuvo fuera de sí durante un pequeño rato hasta que la puerta se volvió a abrir. Pero no era el doctor Gerard Ayuso Virgili, sino un hombre más mayor, en una bata ajustada de color lejía. La chica punki se incorporó, algo confusa. El hombre dio unos cuantos pasos en falso hasta que notó su presencia.

- Demonios, ¡qué faena! ¿Me estaba esperando?
- Yo estaba esperando al doctor para vendarme –dijo algo desorientada.
- Ah bueno, no se preocupe, aquí estoy –respondió, y se acercó a la chica para tomarle la pierna, pero esta rehuyó.
- Perdone –balbuceó-. Yo estaba esperando al doctor Ayuso Virgili.
- Bueno, ese soy yo, ¿cuál es el problema?
- Gerard Ayuso Virgili –remarcó.
- El mismo.

La chica sintió que se le congelaba la sangre. Retrocedió y clavó los ojos a la pomada que estaba vacía en el suelo, un tubo de crema para el acné.

El doctor Gerard Ayuso Virgili no comprendió su reacción. Juraría no haber visto en la vida a esa chica con aspecto de nueva punki que solo sabe cortarse y llorar. Él se había pasado toda la mañana fuera de la consulta, buscando a aquel paciente bizco de Salud Mental que le había robado la bata.

lunes, 8 de junio de 2009

Algo de mí se ha muerto

Algo de mí se ha muerto
noto que hay un lastre
un buen pedazo que arrastro tras de mi
que pesa como un cadáver.

Qué bueno era, pienso ahora
Cuando morimos
Todos somos tan maravillosos...

Hay algo muerto ahí
y se está pudriendo
¡Un médico, por favor! ¿Nadie me ayuda?
Sois unos buitres
solo os acercáis para verme sufrir
y para alimentaros de mis vísceras.
¿Creéis que así estaréis menos muertos?

Me preguntáis si estoy bien.
Sí, yo sí.
Estoy viva.
Entera.
Sana.
¿No me veis?
¿No veis que algo en mí se ha muerto?
No ríe.
No llora.
No respira.
No bombea pasión, ni ira, ni hambre.
No tiene pulso, ni aire, ni esperanzas.

Hora de la defunción, 10 y cuarto de la mañana.

domingo, 7 de junio de 2009

Amnesia (y demás síntomas de melancolía crónica)

Olvidé que tenía vida
más allá de su cuerpo,
más allá de la tierna impaciencia de sus dedos,
más allá, en el bosque de sus ojos,
allá, en el fuego de su pecho,
allá, en la escéptica curva de sus labios
cada vez que se oye pensar.

[Él] tenía dos ojos, cien caras y mil sueños.
Dos oídos sordos al mundo.
Las manos, cerradas en un puño
para atesorar lo más mínimo del pasado
en los bolsos.
Así no se enfría.

Olvidé que tenía vida
más allá de sus deseos,
más allá, en el cementerio de pensamientos
allá en el horno crematorio de su garganta
donde están las cenizas
de las cosas que nunca dijo
"Siempre quise ver esa peli contigo"
"Podrías arreglarte un poco más"
"En realidad no me gusta el blues
tanto como a ti"
"Odio a tu padre"
"Y posiblemente él me odie a mí"
"No me dejes solo"
"Soy débil"
"Soy feliz"
"No sé quién soy"

[Yo] tenía la fea costumbre de querer a las personas.
Fui un parásito en su vida, un náufrago en su mente.
Y luego, fui Él.
Y Él quiso ser tan eterno como el tiempo.
Pensé que era experto en heridas profundas.
No creas que buscaba amor,
solo alguien que me esperase
al llegar de ningún sitio.
Un actor
que sedase los corazones inquietos.
Un doctor
que se tomase en serio su papel.
Solo alguien que me hiciese olvidar
que tenía vida.
Pero ni Él ni el tiempo me curaron.
Ellos no son médicos
sino oportunistas.

No sé qué ocurrió después.
(Perdí todo interés en mí cuando Él me olvidó)

Creo que me volví algo gris
abstracto, mudo, o quizá solo.
Muy poco importante debí de ser
para olvidarme de mí.