Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.

lunes, 26 de octubre de 2009

Caperucita Rota.

Fue en las horas indecibles de una noche turbia
cuando Caperucita llegó por fin a su casa.
Nada quedaba de sus trenzas
ni de los botones dorados de su peto.
Y su caperucita, rota, sucia
estaba ahora amarrada en su mano.
Descalza, cruzó la salita
con sangre en los ojos
con barro en las venas
y lágrimas en la camisa.

Sus padres, la aguardaban en el espacio
a la luz del dogma televisivo.
Su madre, prefería no verla.
Su padre no podía dejar de mirar
cómo la caperucita se arrastraba
escaleras arriba.

¿Qué hiciste con ella todo este tiempo, padre?
¿Dónde estabas mientras ella de mala manera
aprendió a vivir?
Los cuentos cambian, las verdades mienten
y ahora un lobo se metió en las tripas
de tu pobre Caperucita.
Le deshizo las trenzas,
le arranzó los dorados botones,
la descalzó para que nunca pudiese
caminar sin mirar.
Para que nunca jamás
se confundiese de camino.
Y qué favor le hizo, en realidad,
desatando su caperucita,
desgarrando sus caderas
y plantando en su lugar
una sensación muy parecida al amor.

Tú nunca podrías haberlo hecho, padre.
Era más hermoso atarle la caperucita.
Era más facil pensar que la tendría para siempre.
Te quedaste en casa, empapado de la seguridad de la estufa
del dogma televisivo,
esperando el momento idóneo para salir y rescatarla
de las tripas de aquel lobo feroz.

Pero tú nunca apareciste.
Porque en un momento repentino
te negó la entrada al umbral de su intimidad,
te viste incapaz de descifrar sus enigmas.
Porque esa criatura ya era una persona
cuando te volviste a ver tentado
de destapar su caperucita.

Por eso eres el primer culpable,
y luego ese lobo cobarde y engañoso,
y luego ese estricto profesor de matemáticas,
y luego ese político que te defrauda,
y luego, siempre tú.
Tú le has quitado su caperucita.

Pero no te sientas mal, padre,
porque el pasado sea irreversible,
porque ahora se haya vuelto muy pesada como para montarla en tus hombros,
porque, aunque te siga despidiendo con un beso,
aunque llegue a casa con las rodillas peladas,
y compartáis momentos de charla ligera o dogma televisivo,
ella no siga siendo tu Caperucita
ni tu el héroe que la salvaría del mundo.

Tú tampoco lograste salvarte, padre.
Por eso no sufras si oyes sus llantos al otro lado de la puerta.
No preguntes quién deshizo sus trenzas,
quién arrancó sus dorados botones,
o quién le desató su caperucita.
No intentes entender por qué tomó el camino largo
y dejó que aquel lobo probase los humildes manjares de su cesta.

En verdad te digo, padre,
que hay capas que es mejor no descubrir.

1 comentario:

  1. Oh, Dios, Clarice... es tan hermoso y me recuerda tantísimo a mi propio padre...

    Sencillamente maravilloso.

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