Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.

martes, 9 de junio de 2009

El Doctor.

El doctor Gerard Ayuso Virgili esperaba a su próximo paciente. Era la primera vez que vestía aquella bata color lejía. Olía a vinagre y le tiraba al extender los brazos. Manoseó los objetos que se encontraban en sus bolsillos: Un termómetro de mercurio, una jeringuilla usada, un bote vacío de barbitúricos y muchos bolis; unos, con el capuchón mordido, otros, sin capuchón. “Doctor Gerard Ayuso Virgili”, dijo, y rió para sí.

La puerta se abrió con indecisión. Apareció cojeando, una chica, de no más de veinte, envuelta en un abrigo negro. Al doctor le recordó a una de esas nuevas punkis que no hacen otra cosa que llorar y cortarse. Temblaba, quizá de frío o de miedo y aguantaba las lágrimas para que no se le derramase la raya negra de los ojos. Como las uñas y las botas de cuero, también tenía el pelo negro, excepto un gran mechón fucsia que le cruzaba la frente.

Los ojos de cuervo de la chica estudiaron la sala, llena de propaganda de medicamentos y enfermedades degenerativas, y desembocaron en el doctor, un hombre con pinta de pirata y sonrisa desafiante. Tenía el rostro rojizo, lleno de cicatrices, los ojos globulosos, uno gris y otro muy oscuro, de mirada bizca. Sus manos peludas y esqueléticas cargaban unos cuantos anillos dorados.

- Doctor Gerard Ayuso Virgili. ¿Es… Es usted el nuevo médico? –preguntó con una mueca.
- En efecto. ¿Es usted la nueva paciente?

La chica punki rió por lo bajo, hasta que volvió a recordar el dolor tan punzante que sentía en la pierna. La agarró instintivamente, apretando los ojos.

- ¿Dónde te duele, jovencita? –preguntó el doctor levantándose de su asiento.
- La rodilla, la de la derecha –gruñó.
- ¿Desde hace mucho o es reciente?
- Reciente. Me he caído por las escaleras, las de la plaza.
- Menudas escaleras esas. ¿Ha sido en el hueso o en el músculo?
- No sé… -jadeó-. Me dolió mucho y me senté… Y luego se me pasó. Ahora me duele muchísimo.
- ¿Puedes andar, jovencita?

La chica punki hizo ademán de levantarse, pero resbaló como si sus enormes coturnos estuviesen untados de mantequilla. Rápido como el pensamiento, el doctor Gerard Ayuso Virgili agarró a la chica, lo que provocó un respingo de ella. Luego la tomó en brazos y la colocó en la camilla.

- ¿Acostada te duele? –preguntó el doctor.
- Menos –dijo ella entre dientes.
- Menos, ¿eh?… -murmuró el doctor tocándose la barbilla- Quítate el abrigo. Hm… ¿Puedes quitarte sola la bota?
- No creo.
El doctor Gerard Ayuso Virgili bajó la cremallera de la bota mientras la chica punki se desabrochaba el abrigo y se subía la falda escocesa.
- Ah, perdón. Que era la otra pierna.

Tomó con cuidado la pierna derecha y la deshizo de su bota. Llegado a ese punto, el doctor Gerard Ayuso Virgili tenía en sus manos la pierna, pero no sabía muy bien cómo estirarla. Era más larga de lo que parecía, pensó, que con las botas puestas. Tan sana, tan fina, brillante, como de goma. Disfrutó en silencio, durante un largo tiempo, de la perfección de esas piernas, mientras la chica punki intentaba averiguar sus pensamientos.

- Ahora en alto no me duele –dijo ella, para captar su atención.

El doctor Gerard Ayuso Virgili, como si despertase de una ensoñación, dio un respingo y la miró.

- Jovencita, eso es algo normal, ¿sabes? –tartamudeó. Luego, probó a estirar la pierna hacia ella y preguntó-: ¿Así te duele?
- Hm… No mucho… Me molesta, pero no…
- ¿Y así? –preguntó clavando su ojo gris en ella, doblando la pierna-. ¿Así te duele?

La chica arqueó la espalda y apretó los ojos.

- Sí, así sí. Para -dijo rechinando los dientes.
- Vaya. Lo siento, jovencita.
- No. No importa.

El doctor desdobló con cuidado la pierna, y la chica relajó el cuerpo. El doctor Gerard Ayuso Virgili adoptó una pose reflexiva y dio unas cuantas vueltas, alrededor de su estéril despacho. Primero hacia el escritorio, luego hacia la camilla, así sucesivamente mientras la chica punki le seguía con la mirada. Luego se detuvo y chasqueó los dedos.

- ¡Pues claro! –exclamó-. ¿Cómo no me habré dado cuenta antes?
- ¿Darse cuenta de qué? –preguntó con labios temblorosos la paciente.
- Jovencita, eso no es más que un esguince.
- ¿Un esguince? –exclamó perpleja.
- Mm… Sí, un esguince en toda regla, jovencita. Te has dado a conciencia –ella sonrió algo avergonzada-. Pero no te preocupes, tienes suerte de que yo soy un especialista en esguinces. Mi familia tuvo muchos y yo siempre les hago lo mismo.
- ¿Tiene que vendarme?
- Bueno, vendarte es lo de menos. Lo primero que debo hacer es masajearte con una pomada infalible.

El doctor Gerard Ayuso Virgili se dirigió presuroso a sus estanterías. Buscó entre los palillos y las jeringuillas aquel ungüento especial. Finalmente se decantó por un tubo parecido al dentífrico, del cual ciertamente, desconocía su utilidad, pero que pensó que serviría como placebo.

Tomó un buen chorro en su mano y lo extendió por la rodilla con absoluta suavidad, tanta que hizo estremecerse a la paciente.
- Está frío –dijo ella con una risa nerviosa.
- Eso es buena señal –dijo con una de sus más amables sonrisas, ya que para él lo principal, era que su paciente se relajara. La chica, que parecía más relajada cerró los ojos y él continuó masajeando, primero la rodilla y luego la pierna entera, incluidos los pies. Acarició en círculos desde arriba, en el pulgar, hasta abajo, en la ingle. Al ver que ella no oponía resistencia, comenzó con la otra, e hizo lo mismo.
- Caray, eres guapísima...

La chica sólo respondió con un ronroneo. Luego, echó la cabeza a un lado.

El tratamiento había finalizado. El doctor Gerard Ayuso Virgili se miró las manos pegajosas y aspiró fervorosamente el olor a natillas de la pomada. La chica punki volvió a abrir los ojos.

- ¿Mejor? –dijo él.
- Guao… Muchísimo mejor… Es una crema buenísima. ¿De qué marca es?
- Hm... No está comercializada. Pero todos mis pacientes les… ¡Oh! ¡Qué cabeza! ¡Se me han acabado las vendas! ¿Me disculpas un segundo, jovencita? Mientras deja que la pomada penetre por toda tu piel. Eso es vital.
- Vale, doctor. ¡Gracias!
- ¡Eh! ¡Es mi trabajo!

Y con una sonrisa y un guiño se despidió de su paciente y cerró la puerta. Ahora sólo se oía un grifo goteando y la respiración impaciente de la chica. El reloj ya había recorrido media esfera, pero el doctor Gerard Ayuso Virgili seguía sin volver. Sintió que los ojos se le cerraban y estuvo fuera de sí durante un pequeño rato hasta que la puerta se volvió a abrir. Pero no era el doctor Gerard Ayuso Virgili, sino un hombre más mayor, en una bata ajustada de color lejía. La chica punki se incorporó, algo confusa. El hombre dio unos cuantos pasos en falso hasta que notó su presencia.

- Demonios, ¡qué faena! ¿Me estaba esperando?
- Yo estaba esperando al doctor para vendarme –dijo algo desorientada.
- Ah bueno, no se preocupe, aquí estoy –respondió, y se acercó a la chica para tomarle la pierna, pero esta rehuyó.
- Perdone –balbuceó-. Yo estaba esperando al doctor Ayuso Virgili.
- Bueno, ese soy yo, ¿cuál es el problema?
- Gerard Ayuso Virgili –remarcó.
- El mismo.

La chica sintió que se le congelaba la sangre. Retrocedió y clavó los ojos a la pomada que estaba vacía en el suelo, un tubo de crema para el acné.

El doctor Gerard Ayuso Virgili no comprendió su reacción. Juraría no haber visto en la vida a esa chica con aspecto de nueva punki que solo sabe cortarse y llorar. Él se había pasado toda la mañana fuera de la consulta, buscando a aquel paciente bizco de Salud Mental que le había robado la bata.

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