I
Sueño con una escalera al cielo, prefiero pensar que vivo en una sala de espera, que mientras estoy ahí, mi mente duerme. Pero solo, me despierto, me divierto imaginando una perfecta anarquía, incorpórea, inengendrada e imperecedera, donde no exista el tiempo, ni el espacio, y el intelecto no esté sometido a la ambigüedad y vanalidad de las palabras, sino que todo sea pura ciencia. No habría nada que poseer, nada que perder, nada que aprender. Ni cruces, ni monedas, ni aduanas. Ni regalos, ni villancicos, ni pasaportes. Adios, apretones de manos; adios, coloquios en el ascensor. Tampoco habría lugar para mi propio cuerpo, ni para el de otras personas. Por que mi infierno son las otras personas. Mi infierno es subir al cielo y luego tener que bajar.
II
Acabo de recordar que he olvidado recordarle a madre que me trajera mi droga. Me da igual que el psicólogo me diga que es un complemento vitamínico que mejora mi conducta, y decir medicación me suena a octogenario. Es droga, no droga de indigente con con chándal de colecta parroquial. Droga de niños, niños ricos, pero muy malqueridos, con colores pastel. Pastillas, para la mente de madre que es más simplista. Me encuentro verdaderamente mal sin ellas, pero antes vivía feliz sin ellas. Puede que no las necesite en realidad, al igual que tampoco necesito un psicólogo, o una Playstation 3, o tan siquiera una madre. Eso me ha hecho recordar una conversación con una compañera de clase (de cuando iba a clase), Ana. Todo el mundo conoce a alguien como Ana, pero nunca odió a una persona como Ana o sintió deseos de achuchar a una persona como Ana. No hay nada provechoso en ella, salvo escasos minutos de conversación insustancial:
- Eh, ¿ya tienes TDT? -me murmuró en el laboratorio de química. "¿Ya?"
- No -dije sin levantar la vista de mis manos, que jugueteaban con unos imanes.
- ¿¿Todavía no la tienes??
- Tampoco pensaba tenerla alguna vez.
- ¿Tampoco pensabas tenerla? -exclamó resaltando un asombro catastrofista, y me acercó su aliento de mayonesa al lado izquierdo de mi cara. El hemisferio de las matemáticas, no soporto que se me acerquen ahí.
- No -respondí, y me aparté sutilmente de su lado. Volví a mi práctica, de donde nunca debía haberme ido.
- ¡Tienes que instalar el decodificador de la TDT!
Di un golpe en la mesa con el puño. Odio estar en un laboratorio de química y que no se practique química. Al principio pensaba que la pobre Ana se esmeraba por brindarme unos agradables minutos de interacción social, minutos que nunca había pedido, pero su insistencia me llevó a pensar que realmente quería venderme la TDT.
- Sinceramente, Ana, no entiendo por qué debo hacerlo -dije con un tono pausado y una respiración contenida.
- ¡Pues porque si no no tendrás TDT! -gruñó, y sus ojos parecían verdaderamente aterrados. Petición de principio, ¿qué más podría esperar de ti, Anita?
- Pero yo no quiero TDT.
- ¿Cómo que no? Sí que la quieres. Y necesitas TDT.
- No lo creo.
- ¡Dentro de un mes se producirá el apagón analógico, Diego!
- No me digas.
- ¡Por eso necesitas la TDT! Sin el sintonizador no podrás ver la televisión nunca más.
- Eso sería maravilloso.
Ana retrocedió y me hizo una mueca de asco. Le ofendió tanto mi comentario que (¡gracias al cielo!) volvió a su trabajo. Pero yo decía eso sinceramente. Me gustaría librarme de la televisión tanto como de las pastillas, mi madre o mi propio cuerpo.
Tratan de generarme nuevas necesidades para instarme a seguir viviendo, o a adquirir cierto interés por mi existencia. Ni siquiera tengo aprecio por mi existencia. No puedo decirle estas cosas a la gente, porque se echa las manos a la cabeza. Nadie soporta hablar de la muerte, menos del suicidio. Los pobres infelices sueñan con vencer la presencia de la muerte, cuando en realidad estamos sometidos a una amenaza mayor; la propia vida. La muerte es inevitable, pero ¿cómo se escapa de la vida?
III
Sin más rodeos, deseo informar al receptor la causa de mi retiro social: hoy es mi cumpleaños. Recuerdo que mi abuelo se encerraba en el ático todas "las fechas señaladas", estas son, las que implican cualquier clase de ceremonia, con regalos, familia o cualquier clase de protocolo social, pero sobre todo familia. Tras su muerte, yo heredé ese rehuso a los ritos, sólo que él tocaba el piano toda la jornada o escribía los mejores poemas que escribió (sin embargo, los quemó todos a su muerte, porque odiaba tanto al mundo que no quería que nadie disfrutara de ellos -tampoco que nadie se beneficiara de los derechos de autor-). Yo me limito a meterme en la cama con la luz apagada y las persianas cerradas. Así es más fácil pensar que uno no existe. Si soy cobarde soy culpable de ello, pero si no existo, no. Luego no existir es más fácil.
Aunque, a decir verdad, eso me hace aún más cobarde.
IV
Oigo llamar a la puerta. Ya tardaban. Es madre, supongo que trayendo las sobras de la tarta para eximirse de la culpa de haber comido la tarta sin mí. Sé que es madre porque aunque llame no pide permiso, sino que entra encendiendo de golpe la luz y abriendo las persianas. Sé que es mi madre, porque vi el video de mi parto, y ella aparecía resoplando como un cerdo asado, con esos mofletes rojos y sudorosos. Luego aparecía yo, que tenía ictericia.
- Deberías levantarte -dijo con un tono serio.
- No me levantaré cuando deba sino cuando quiera, ¿no crees? -repliqué.
- No, porque tengo que entrar aquí para colocar la habitación.
- No, no tienes que colocar nada. Márchate de aquí -y di media vuelta dispuesto a no escuchar nada más.
- Diego, levántate, por favor.
- Mamá, igual esto es difícil para ti, pero ¡OLVIDAME! ¡DÉJAME EN PAZ!
Pero madre no se fue. Notaba a mis espaldas su enclenque figura envuelta en una bata rancia, sus labios de lombriz temblando patéticamente y sus ojos rojos y cansados de mí. Si lloraba, pensaba echarla ipso facto sin atender a ninguna petición suya. Pero no hizo teatro, gesto que agradecí incluso más que cualquier regalo de cumpleaños.
- Toma. Es Lidia al teléfono -y efectivamente, cuando me giré hacia ella atraído por el nombre "Lidia", vi que el teléfono estaba en sus manos. Me incorporé y traté de cogerlo de manera que lograra mantener el menor contacto posible con sus arrugadas manos.
- Tenías que haber empezado por ahí -contesté. Ella no añadió más. Las ventanas de sus narices estaban dilatadas, y una vena horrible le recorría la frente como un relámpago. Giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta con las manos apretadas en un puño.
V
Lidia era el ser más soportable del planeta. No sólo gozaba de armónicos atributos físicos, que hacían más agradable su compañía. También tenía una incipiente capacidad intelectual, por supuesto, no comparable a la mía. El problema era su campo de especialización: Latín, Griego, Literatura... Vanales e inútiles Humanidades. Siempre saltaba con una etimología o una cita de Aristóteles, en el mejor de los casos, pues la filosofía me parecía más soportable. "El hombre es un animal político", decía, rebatiendo mi individualismo.
La gran diferencia entre Lidia y yo, era que ella aún profesaba una fe ciega hacia la humanidad, incluso hacia mí. Y yo estaba completamente seguro de que si ella no hubiera desperdiciado tantas horas comprendiendo, ayudando, o amando al prójimo, su inteligencia podría haber superado... No, superado no, pero sí igualado a la mía. Me parecía tan desesperante su lucha que a veces pensé en cortar nuestros lazos afectivos, pero nunca me atreví. No mientras tuviera una ínfima oportunidad de aparearme con ella, y así prolongar mi prodigioso código genético.
- ¿Se puede saber que hiciste toda la maldita tarde? -preguntó ella, al otro lado del auricular.
- Estuve en casa -respondí.
- ¿Haciendo qué?
- ¿Tengo que hacer algo cuando estoy en casa?
Se produjo una breve pausa, que no comprendí muy bien. La respiración de Lidia apenas se oía.
- ¡Te hicimos una fiesta y dijiste que vendrías!
- No -espeté al borde de un ataque de histeria-. TÚ dijiste que vendría. TÚ tienes la obstinación de que haga las cosas que a ti te gustan, pero a mi no me gusta. No quiero celebrar mi cumpleaños. No tengo nada que celebrar ni con quién. Esas personas no son mis amigos. Y yo no soy un pobre marginado al que tengas que cuidar y socializar. Estoy bien así, ¿entiendes?
- Solo intentaba ayudarte -murmuró con una voz ridículamente temblorosa, que me recordó a madre, lo cual aumentó mi ira.
- ¿Ayudarme a qué? ¿A mezclarme en esa mole inculta? No quiero tu ayuda.
- Tengo un regalo para ti.
- No lo quiero.
- Diego, no lo hago por ser caritativa contigo.
- Entonces, ¿por qué lo haces?
De nuevo otra pausa, otra más larga e irritante. Con respiraciones mas entrecortadas y agudas.
- Te prometo que no volveré a intentar mejorar tu vida -titubeó Lidia.
- Estoy conforme.
- Pero acepta mi regalo.
- Lidia, el regalo es un contrato social. Si lo acepto, implicará que tendré que hacerte a ti un regalo en tu cumpleaños, y eso es algo que sabes que no pienso hacer. Te tomo por alguien inteligente, así que espero que lo entiendas.
Me sentí orgulloso de mi soberbio y convincente discurso y esperaba que Lidia aprobase mi afirmación. Sin embargo, ya no había nadie al otro lado del teléfono. Sólo un silencio ronco, y el monótono pitido que no dejaba de martillearme la cabeza y decirme que todas mis conversaciones eran monólogos. Y el monólogo se terminó, incluso para mi propio interior. Desde que Lidia colgó, no tuve ganas de hablar con nadie, ni conmigo mismo, en lo que quedaba de día.
Sólamente apunté un dato histórico que debía tomar en cuenta para la posteridad. Tras esta atragantada conversación, las probabilidades de copular con Lidia se habían reducido a cero.
"Siempre puedes donar semen" decía mi abuelo. Y eso me recordó a que hacía tiempo que no me masturbaba.
VI
Estoy solo. Pero no había problema en eso cuando no me sentía solo. Ahora no es así. Es muy duro tener infinidad de pensamientos y no poder compartirlos con nadie. Quiero luz, todo está muy oscuro. Ni siquiera he tenido la oportunidad de contemplarme, desde hace... ¿Cuánto tiempo llevo aquí solo? Las horas se hicieron días, los días, meses, los meses, siglos y siglos de soledad, todos concentrados en un insignificante punto de una fría e insulsa galaxia. ¿Tempus fugit? Y una mierda. El tiempo no existe cuando no tienes nada que hacer, nada que pensar, nada que vivir. No existe diferencia entre mi estado de ataraxia y la muerte, entre mi ente agotado y las piedras. Ni Dios, ni bestia, ni hombre. Una bestia divina. Un dios bestial.Un inhumano.
Continuará.
Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.
viernes, 8 de enero de 2010
jueves, 31 de diciembre de 2009
Diálogos de Platón, Vol. 2
I
Eros- ¡Que te follen!
Thanatos- Muérete.
II
Creonte- He acudido a Delfos, y pregunté sobre el mal que se cierne sobre Tebas. He traído a un sabio para que te informe a ti y a la polis.
Edipo- ¿El adivino Tiresias?
Creonte- No. Sigmund Freud.
III
Freud- El caso es que usted siente una atracción sexual hacia su madre que sólo podrá ser satisfecha si consigue matar a su padre. Así superará el complejo de castración causado por la represión de sus instintos.
Edipo- Acojonante, ¿y cómo decías que se llamaba eso?
IV
[Desnudos en la cama]
Eva- ¿En qué piensas?
Dios- En nada, sólo en toda la creación del universo.
Eva- Oh, Don Insolente.
Dios- Es que no me parece bien esto que estamos haciendo. Adán es mi amigo, y yo te creé para él. Además, usando condón. Si se entera el Papa se me cae la aureola.
Eva- Pero, Dios, tú eres omnisciente y omnipotente.
Dios- Gracias, mujer. Tú tampoco estuviste tan mal.
Eva- Quiero decir que si lo sabes todo y eres un presente continuo, ya tendrías que haber predicho que esto iba a suceder.
Dios- ...Cierto. No lo había pensado.
Eva- No. SÍ lo habías pensado.
Dios- Mierda, tengo la cabeza a pájaros. Voy a crear un ejército de secuaces que me ayuden en mis tareas celestiales. Serán como los humanos, pero con alas, no vaya a ser que se caigan. En esa nube pondré mi altar. Puedo comprar los muebles en IKEA, igual me hacen descuento por... No sé... Crear el universo y tal...
Eva- Dios, olvida el universo. Huyamos juntos.
Dios- Te he dicho que no puedo. Yo soy un ente abstracto de cuestionable existencia y tú eres un ser humano. Además, eres de Adán y, pronto tendrás dos hijos con él.
Eva- Entonces, ¿por qué en vez de robarle la chica a tu mejor amigo no te creas una mujer para tí, que sea de tu misma condición?
Dios- ...Creo que soy gay.
V
Dios- Venga, volvamos a empezar. Ahora he cambiado, tú me has cambiado.
Tierra- No sé yo si creerte.
Bush- Di que no. Qué sabrá él.
Dios- ¿Qué pasa? ¿Aún sigues con él?
Tierra- ¡No! ¡Ya no! Pero sigue llamándome...
Dios- ¿Es que ya no sientes nada por mí?
Tierra- No tanto como antes.
Dios- Pues mientras haya una iglesia, aunque sólo sea un cura descerebrado en su superficie, yo seguiré aquí a tu lado.
Bakunin- Ya habéis oido, chicos. A las barricadas.
Eros- ¡Que te follen!
Thanatos- Muérete.
II
Creonte- He acudido a Delfos, y pregunté sobre el mal que se cierne sobre Tebas. He traído a un sabio para que te informe a ti y a la polis.
Edipo- ¿El adivino Tiresias?
Creonte- No. Sigmund Freud.
III
Freud- El caso es que usted siente una atracción sexual hacia su madre que sólo podrá ser satisfecha si consigue matar a su padre. Así superará el complejo de castración causado por la represión de sus instintos.
Edipo- Acojonante, ¿y cómo decías que se llamaba eso?
IV
[Desnudos en la cama]
Eva- ¿En qué piensas?
Dios- En nada, sólo en toda la creación del universo.
Eva- Oh, Don Insolente.
Dios- Es que no me parece bien esto que estamos haciendo. Adán es mi amigo, y yo te creé para él. Además, usando condón. Si se entera el Papa se me cae la aureola.
Eva- Pero, Dios, tú eres omnisciente y omnipotente.
Dios- Gracias, mujer. Tú tampoco estuviste tan mal.
Eva- Quiero decir que si lo sabes todo y eres un presente continuo, ya tendrías que haber predicho que esto iba a suceder.
Dios- ...Cierto. No lo había pensado.
Eva- No. SÍ lo habías pensado.
Dios- Mierda, tengo la cabeza a pájaros. Voy a crear un ejército de secuaces que me ayuden en mis tareas celestiales. Serán como los humanos, pero con alas, no vaya a ser que se caigan. En esa nube pondré mi altar. Puedo comprar los muebles en IKEA, igual me hacen descuento por... No sé... Crear el universo y tal...
Eva- Dios, olvida el universo. Huyamos juntos.
Dios- Te he dicho que no puedo. Yo soy un ente abstracto de cuestionable existencia y tú eres un ser humano. Además, eres de Adán y, pronto tendrás dos hijos con él.
Eva- Entonces, ¿por qué en vez de robarle la chica a tu mejor amigo no te creas una mujer para tí, que sea de tu misma condición?
Dios- ...Creo que soy gay.
V
Dios- Venga, volvamos a empezar. Ahora he cambiado, tú me has cambiado.
Tierra- No sé yo si creerte.
Bush- Di que no. Qué sabrá él.
Dios- ¿Qué pasa? ¿Aún sigues con él?
Tierra- ¡No! ¡Ya no! Pero sigue llamándome...
Dios- ¿Es que ya no sientes nada por mí?
Tierra- No tanto como antes.
Dios- Pues mientras haya una iglesia, aunque sólo sea un cura descerebrado en su superficie, yo seguiré aquí a tu lado.
Bakunin- Ya habéis oido, chicos. A las barricadas.
Etiquetas:
Irracionalidades,
microrrelatos
Navidad.
Sólo soy un pavo que rellenan de patrañas publicitarias y enjundias consumistas y se expone día a día al hambriento gentío. Me juzgan aunque no me conocen. Se conocen, pero no quieren verse.
Apenas llegamos a los 7 años y ya sospechamos que nuestros regalos no vienen del polo Norte. Superado el trauma, nos vemos más mayores, más maduros. Sin embargo, seguimos comprando regalos, pidiendo regalos; seguimos engullendo langostinos, uvas, mazapán, y kilos de publicidad de perfumes; seguimos soportando los villancicos omnipresentes; seguimos reuniéndonos con familiares que son completos desconocidos por el simple hecho de que es Navidad y tenemos la obligación moral de fingir que amamos a la humanidad; seguimos deseando que nuestra cena sea igual que la de un anuncio de turrón; seguimos vistiendo gorros, "despidiendo el año", seguimos queriendo ser mejores personas. Dejamos de creer en los Reyes, ¿pero cuándo dejaremos de creer en la Navidad?
Felices Fiestas ;)
Apenas llegamos a los 7 años y ya sospechamos que nuestros regalos no vienen del polo Norte. Superado el trauma, nos vemos más mayores, más maduros. Sin embargo, seguimos comprando regalos, pidiendo regalos; seguimos engullendo langostinos, uvas, mazapán, y kilos de publicidad de perfumes; seguimos soportando los villancicos omnipresentes; seguimos reuniéndonos con familiares que son completos desconocidos por el simple hecho de que es Navidad y tenemos la obligación moral de fingir que amamos a la humanidad; seguimos deseando que nuestra cena sea igual que la de un anuncio de turrón; seguimos vistiendo gorros, "despidiendo el año", seguimos queriendo ser mejores personas. Dejamos de creer en los Reyes, ¿pero cuándo dejaremos de creer en la Navidad?
Felices Fiestas ;)
martes, 24 de noviembre de 2009
Nunca lo entenderéis :)
Qué tiempos más duros para los soñadores. La vida no sirve para amarla, para conocerla. Sed máquinas de trabajo, lobotomizad nuestras manos y consagrad nuestras mentes a la doctrina de la demagogia. Poco a poco, sí que os parecereis a los líderes.
Ulises, no vuelvas a Ítaca, no ahora. Penélope sigue hilando y el tiempo se desteje ante sus ojos, pero Calipso te necesita, para un paso más, sólo un segundo más. No seas duro conmigo. Sabes que nunca encontraré a nadie como tú. Podríamos salvarles. Podrías salvarme.
Neruda, ¿qué hacías cuando sucedía que te cansabas de ser hombre?
Ulises, no vuelvas a Ítaca, no ahora. Penélope sigue hilando y el tiempo se desteje ante sus ojos, pero Calipso te necesita, para un paso más, sólo un segundo más. No seas duro conmigo. Sabes que nunca encontraré a nadie como tú. Podríamos salvarles. Podrías salvarme.
Neruda, ¿qué hacías cuando sucedía que te cansabas de ser hombre?
lunes, 26 de octubre de 2009
Caperucita Rota.
Fue en las horas indecibles de una noche turbia
cuando Caperucita llegó por fin a su casa.
Nada quedaba de sus trenzas
ni de los botones dorados de su peto.
Y su caperucita, rota, sucia
estaba ahora amarrada en su mano.
Descalza, cruzó la salita
con sangre en los ojos
con barro en las venas
y lágrimas en la camisa.
Sus padres, la aguardaban en el espacio
a la luz del dogma televisivo.
Su madre, prefería no verla.
Su padre no podía dejar de mirar
cómo la caperucita se arrastraba
escaleras arriba.
¿Qué hiciste con ella todo este tiempo, padre?
¿Dónde estabas mientras ella de mala manera
aprendió a vivir?
Los cuentos cambian, las verdades mienten
y ahora un lobo se metió en las tripas
de tu pobre Caperucita.
Le deshizo las trenzas,
le arranzó los dorados botones,
la descalzó para que nunca pudiese
caminar sin mirar.
Para que nunca jamás
se confundiese de camino.
Y qué favor le hizo, en realidad,
desatando su caperucita,
desgarrando sus caderas
y plantando en su lugar
una sensación muy parecida al amor.
Tú nunca podrías haberlo hecho, padre.
Era más hermoso atarle la caperucita.
Era más facil pensar que la tendría para siempre.
Te quedaste en casa, empapado de la seguridad de la estufa
del dogma televisivo,
esperando el momento idóneo para salir y rescatarla
de las tripas de aquel lobo feroz.
Pero tú nunca apareciste.
Porque en un momento repentino
te negó la entrada al umbral de su intimidad,
te viste incapaz de descifrar sus enigmas.
Porque esa criatura ya era una persona
cuando te volviste a ver tentado
de destapar su caperucita.
Por eso eres el primer culpable,
y luego ese lobo cobarde y engañoso,
y luego ese estricto profesor de matemáticas,
y luego ese político que te defrauda,
y luego, siempre tú.
Tú le has quitado su caperucita.
Pero no te sientas mal, padre,
porque el pasado sea irreversible,
porque ahora se haya vuelto muy pesada como para montarla en tus hombros,
porque, aunque te siga despidiendo con un beso,
aunque llegue a casa con las rodillas peladas,
y compartáis momentos de charla ligera o dogma televisivo,
ella no siga siendo tu Caperucita
ni tu el héroe que la salvaría del mundo.
Tú tampoco lograste salvarte, padre.
Por eso no sufras si oyes sus llantos al otro lado de la puerta.
No preguntes quién deshizo sus trenzas,
quién arrancó sus dorados botones,
o quién le desató su caperucita.
No intentes entender por qué tomó el camino largo
y dejó que aquel lobo probase los humildes manjares de su cesta.
En verdad te digo, padre,
que hay capas que es mejor no descubrir.
cuando Caperucita llegó por fin a su casa.
Nada quedaba de sus trenzas
ni de los botones dorados de su peto.
Y su caperucita, rota, sucia
estaba ahora amarrada en su mano.
Descalza, cruzó la salita
con sangre en los ojos
con barro en las venas
y lágrimas en la camisa.
Sus padres, la aguardaban en el espacio
a la luz del dogma televisivo.
Su madre, prefería no verla.
Su padre no podía dejar de mirar
cómo la caperucita se arrastraba
escaleras arriba.
¿Qué hiciste con ella todo este tiempo, padre?
¿Dónde estabas mientras ella de mala manera
aprendió a vivir?
Los cuentos cambian, las verdades mienten
y ahora un lobo se metió en las tripas
de tu pobre Caperucita.
Le deshizo las trenzas,
le arranzó los dorados botones,
la descalzó para que nunca pudiese
caminar sin mirar.
Para que nunca jamás
se confundiese de camino.
Y qué favor le hizo, en realidad,
desatando su caperucita,
desgarrando sus caderas
y plantando en su lugar
una sensación muy parecida al amor.
Tú nunca podrías haberlo hecho, padre.
Era más hermoso atarle la caperucita.
Era más facil pensar que la tendría para siempre.
Te quedaste en casa, empapado de la seguridad de la estufa
del dogma televisivo,
esperando el momento idóneo para salir y rescatarla
de las tripas de aquel lobo feroz.
Pero tú nunca apareciste.
Porque en un momento repentino
te negó la entrada al umbral de su intimidad,
te viste incapaz de descifrar sus enigmas.
Porque esa criatura ya era una persona
cuando te volviste a ver tentado
de destapar su caperucita.
Por eso eres el primer culpable,
y luego ese lobo cobarde y engañoso,
y luego ese estricto profesor de matemáticas,
y luego ese político que te defrauda,
y luego, siempre tú.
Tú le has quitado su caperucita.
Pero no te sientas mal, padre,
porque el pasado sea irreversible,
porque ahora se haya vuelto muy pesada como para montarla en tus hombros,
porque, aunque te siga despidiendo con un beso,
aunque llegue a casa con las rodillas peladas,
y compartáis momentos de charla ligera o dogma televisivo,
ella no siga siendo tu Caperucita
ni tu el héroe que la salvaría del mundo.
Tú tampoco lograste salvarte, padre.
Por eso no sufras si oyes sus llantos al otro lado de la puerta.
No preguntes quién deshizo sus trenzas,
quién arrancó sus dorados botones,
o quién le desató su caperucita.
No intentes entender por qué tomó el camino largo
y dejó que aquel lobo probase los humildes manjares de su cesta.
En verdad te digo, padre,
que hay capas que es mejor no descubrir.
martes, 6 de octubre de 2009
A veces pienso que dices...
Nunca te quise.
Solo te vi socialmente correcto para acompañarme.
Nunca te quise.
Y nunca quise hacerlo.
Nunca te quise.
Solo te besé para no verte llorar.
Nunca te quise.
Solo me quise en otra persona.
Solo traté de cambiar mi existencia.
Quería saber qué sentía la gente
al creer que es feliz.
Nunca te quise.
Aunque a veces, quise hacerlo.
Aún así, no lo logré.
Quería olvidarme del monstruo en el que me estaba volviendo.
Aliviar el dolor de pies que provoca
caminar en un sendero de perdición.
Librarme de los pensamientos de un ser ilegible.
Nacer en otros mundos.
Morir por otras causas.
Pensar otros futuros.
Recordar otros pasados.
Y ver otro presente más consolador.
Aún así, no lo logré.
Nunca te quise.
Dices cuando digo "Nunca te quise"
Y entonces
siento que pierdo
la única razón para quererme.
(Ojalá las cosas se solucionen)
Solo te vi socialmente correcto para acompañarme.
Nunca te quise.
Y nunca quise hacerlo.
Nunca te quise.
Solo te besé para no verte llorar.
Nunca te quise.
Solo me quise en otra persona.
Solo traté de cambiar mi existencia.
Quería saber qué sentía la gente
al creer que es feliz.
Nunca te quise.
Aunque a veces, quise hacerlo.
Aún así, no lo logré.
Quería olvidarme del monstruo en el que me estaba volviendo.
Aliviar el dolor de pies que provoca
caminar en un sendero de perdición.
Librarme de los pensamientos de un ser ilegible.
Nacer en otros mundos.
Morir por otras causas.
Pensar otros futuros.
Recordar otros pasados.
Y ver otro presente más consolador.
Aún así, no lo logré.
Nunca te quise.
Dices cuando digo "Nunca te quise"
Y entonces
siento que pierdo
la única razón para quererme.
(Ojalá las cosas se solucionen)
sábado, 19 de septiembre de 2009
Mejor que nada.
GC: No recuerdo muy bien qué arrebato emocional me impulsó a escribir algo tan salido de mi temática tétrico-erótica-esperpéntica. Pero la musa es caprichosa, y viene cuando quiere y con lo que quiere, y lo que quería esta vez era un relato de amor platónico de adolescentes confusos y suprahormonados. Lo escribí de un tirón, espero que esté contenta.
xx
Encontró sitio donde aparcar al lado de un árbol robusto y con olor a muerte por otoño. Parecía que no había nada mejor que hacer que sentarse en su sombra para ver cómo, a nuestro frente, el sol agonizaba sobre la colina. Unos metros más allá, al borde del mirador, había aparcados unos cuantos coches cuyos ocupantes los hacían chirriar, sudar, y revolcarse con impúdica efusividad. No sé si fue envidia, repulsión o curiosidad lo que sentí, pero aquel espectáculo de amor automovilístico no me dejó indiferente.
Noté las cadenas de sus pantalones acercarse y me giré hacia él, mi mejor amigo, que siempre parecía recién levantado. Se sentó a mi izquierda, o mejor dicho, junto a mí. Como siempre que no se le ocurría qué decir, se rascaba insistentemente la cabeza con el dedo corazón. En algún momento que no consigo recordar nuestras manos se entrelazaron, e incluso nuestras Converse parecían haberse confundido. Una fuerza desconocida atrajo mi cabeza a su hombro (¿Por qué?) y él acercó su boca a mi pelo. No sé si lo besó, o simplemente lo presionó con los labios. No me resultó incómodo, ni extraño, tampoco excitante, sólo me reconfortó, como cuando te echas Vics VaporRub en el pecho y notas un torrente helado de satisfacción. Fue en aquel momento cuando me pregunté por qué nunca tuve la brillante idea de enamorarme de él.
Entonces dijo algo:
- Creo que nunca podré volver con Él.
Yo le miré, con el mismo rostro con el que él estaba mirando al vacío. Me vi obligada a decir algo, también a callarme. Finalmente me dejé llevar por la espontaneidad.
- Hacíais muy buena pareja -mentí. No sabía por qué de alguna cierta manera sus palabras me hacían feliz.
Se giró hacia mí y me estudió durante unos segundos. Yo le miraba asustada, como esperando a lo inminente, lo inevitable. El pegaría sus labios con los míos y aunque yo no me sintiera segura de ello, no conseguiría (ni querría) evitarlo.
No sé cuánto duró aquel mágico y extraño momento. Los coches parecían haberse callados y el sol ya se había ahogado en el horizonte. Pero nos despegamos y caí en la cuenta de que no había sido tan maravilloso como esperaba. Fue un beso indeciso, forzado, menos que sincero fue irreal. Ni siquiera habíamos abierto la boca. Y efectivamente nuestros rostros expresaban esa sensación de decepción y confusión al separarnos.
- Ojalá fueras un chico -me dijo. Sus ojos eran muy tiernos.
Yo no supe qué decir, ni como sonreír, o si echarme a llorar. Por mi mente pasó una imagen de mi con el pelo corto y atributos
masculinos. Concluí que él tampoco me gustaría si tuviese que ser algo
parecido a aquella imagen. Por nuestro propio bien, retornamos a nuestra posición inicial, donde compartíamos el calor de nuestras manos y nuestras Converse se entrecruzaban. Y nos sentimos bien, nos sentimos amantes, incluso más que todas aquellas efímeras parejas de los coches, o que los amantes de los sellos, o del dinero. Había tantas formas de amar y de ser amado, que aquella tan simple y tan blanca era mejor que nada.
xx
Encontró sitio donde aparcar al lado de un árbol robusto y con olor a muerte por otoño. Parecía que no había nada mejor que hacer que sentarse en su sombra para ver cómo, a nuestro frente, el sol agonizaba sobre la colina. Unos metros más allá, al borde del mirador, había aparcados unos cuantos coches cuyos ocupantes los hacían chirriar, sudar, y revolcarse con impúdica efusividad. No sé si fue envidia, repulsión o curiosidad lo que sentí, pero aquel espectáculo de amor automovilístico no me dejó indiferente.
Noté las cadenas de sus pantalones acercarse y me giré hacia él, mi mejor amigo, que siempre parecía recién levantado. Se sentó a mi izquierda, o mejor dicho, junto a mí. Como siempre que no se le ocurría qué decir, se rascaba insistentemente la cabeza con el dedo corazón. En algún momento que no consigo recordar nuestras manos se entrelazaron, e incluso nuestras Converse parecían haberse confundido. Una fuerza desconocida atrajo mi cabeza a su hombro (¿Por qué?) y él acercó su boca a mi pelo. No sé si lo besó, o simplemente lo presionó con los labios. No me resultó incómodo, ni extraño, tampoco excitante, sólo me reconfortó, como cuando te echas Vics VaporRub en el pecho y notas un torrente helado de satisfacción. Fue en aquel momento cuando me pregunté por qué nunca tuve la brillante idea de enamorarme de él.
Entonces dijo algo:
- Creo que nunca podré volver con Él.
Yo le miré, con el mismo rostro con el que él estaba mirando al vacío. Me vi obligada a decir algo, también a callarme. Finalmente me dejé llevar por la espontaneidad.
- Hacíais muy buena pareja -mentí. No sabía por qué de alguna cierta manera sus palabras me hacían feliz.
Se giró hacia mí y me estudió durante unos segundos. Yo le miraba asustada, como esperando a lo inminente, lo inevitable. El pegaría sus labios con los míos y aunque yo no me sintiera segura de ello, no conseguiría (ni querría) evitarlo.
No sé cuánto duró aquel mágico y extraño momento. Los coches parecían haberse callados y el sol ya se había ahogado en el horizonte. Pero nos despegamos y caí en la cuenta de que no había sido tan maravilloso como esperaba. Fue un beso indeciso, forzado, menos que sincero fue irreal. Ni siquiera habíamos abierto la boca. Y efectivamente nuestros rostros expresaban esa sensación de decepción y confusión al separarnos.
- Ojalá fueras un chico -me dijo. Sus ojos eran muy tiernos.
Yo no supe qué decir, ni como sonreír, o si echarme a llorar. Por mi mente pasó una imagen de mi con el pelo corto y atributos
masculinos. Concluí que él tampoco me gustaría si tuviese que ser algo
parecido a aquella imagen. Por nuestro propio bien, retornamos a nuestra posición inicial, donde compartíamos el calor de nuestras manos y nuestras Converse se entrecruzaban. Y nos sentimos bien, nos sentimos amantes, incluso más que todas aquellas efímeras parejas de los coches, o que los amantes de los sellos, o del dinero. Había tantas formas de amar y de ser amado, que aquella tan simple y tan blanca era mejor que nada.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)