Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.
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lunes, 28 de junio de 2010

Superbia.

El hecho de que tu cerebro esté aun metro noventa y tres del suelo no significa que estés por encima de quien te rodea.

Porque darás de frente con multitud de cerebros que estén a tu altura, o con otros que se eleven más que el tuyo, y por consiguiente, tengan el privilegio de aplastar el tuyo como un fláccido higo.

O lo que es peor, podrías encontrar un seso que estuviera a una altura tan estratégicamente inferior, que acertase a darte un sonoro cabezazo en el corazón.

Desidia.

Podían pasarse horas, tardes enteras, encolados cada uno en su sillón, consagrando su atención a aquella pantalla descerebrante. En resumen, su ritual vegetativo consistía en mirar con desdén las imágenes que se les ofrecían, sin ningún interés por vivir nada más que por ver como otros vivían, sentían, pensaban, hasta que les secasen los ojos o se quedasen dormidos. Yo, mientras tanto, me encerraba en mi frívolo infierno virtual, sin dejar de preguntarme cómo un mundo tan complejo podía estar creando individuos tan simples.

miércoles, 21 de abril de 2010

Extraños.

Comunico orgullosa a mis ciberamantes que este texto ganó un concurso literario, de mi instituto, pero por algo se empieza. Recuerdo que lo escribí en un día, y apenas lo modifiqué. A veces pienso que en vez de escribir vomito textos. Pero eso ya es otro cantar.



La cena estaba fría y el reloj averiado. El segundero titubeaba de adelante hacia atrás, estancado entre las ocho y las nueve. El tiempo lo marcaba realmente el roce metálico de los cubiertos contra la porcelana rallada. Tic, el tenedor se clavaba en una salchicha. Tac, el cuchillo serraba. Tic, goteo del grifo. Tac, trago de agua. Tic, tic, tic, insistía el tosco segundero. Pero lo que más se oía sin duda en la sala, eran las palabras que no se pronunciaban.

– Kétchup –dijo finalmente el hijo, sin levantar la vista del plato. El padre le miró aturdido–. Kétchup –repitió más ansioso.

El hombre miró a su mano derecha, donde tenía el bote de kétchup, y conservando aquel aspecto desorientado lo colocó en las manos del chico. Este agitó y estrujó el frasco con impaciencia hasta que un pegote de salsa cayó en el mantel. El padre pareció no fijarse en eso, pues siguió comiendo. El chico tapó su crimen con la servilleta y se llevó otra salchicha a la boca, que apenas masticó. Sintió que se empapizaba y tosió fuerte durante un rato. Su padre apenas le dedicaba alguna que otra rápida mirada. Finalmente, tomó el vaso de agua y lo bebió de un golpe. Cuando cesaron las toses, los tenedores volvieron a conversar durante largos minutos.

– ¿No quieres ver la tele? –sugirió el padre, dando un respingo.
– Bah.

El padre quedó unos instantes pensativo, pero luego continuó con su cena sin darle más gravedad al asunto. Ambos comensales seguían intercambiando miradas furtivas, como si debieran comprobar que el uno permanecía frente al otro. Ninguno tenía especial gana de hablar, pero no querían que el silencio les provocara indigestión. Habiendo terminado la última patata rancia, el padre soltó los cubiertos y se inclinó hacia su hijo.

– Bueno, ¿y qué tal?
– Está fría.
– Me refiero a tu vida, en general.
– Ah –murmuró. Masticó durante unos segundos y acto seguido pinchó otra salchicha– Bien. Bien.
– ¿Te gusta el instituto?
– Eh… Sí. Sí, me gusta.
– ¿Tienes amigos allí?
– Sí. Sí.
– ¿Son buena gente? ¿Son de fiar?
– Supongo.
– ¿Supones?
– Son como yo, creo.
– Ah. Bien. ¿Y alguna chica?

El chico bajó los ojos y sonrió a su vaso de agua.

– Alguna hay –dijo pensativo.
– ¡Ah, bien! –respondió el padre forzando una nerviosa carcajada–. Está bien eso. ¿Y el equipo? ¿Cuándo tenéis partido?
– Papá, ya no estoy en el equipo. Me borré hace dos años.

En aquel momento, el rostro del padre se congeló. Parecía que había recibido una noticia horrible o un gran jarro de agua fría.

– Ah. Vaya, es verdad. Es que el tiempo pasa tan rápido…

Mientras tanto, las ocho y las nueve seguían peleándose por el segundero, cuyo insistente repiqueteo no apaciguaba la tensión del ambiente. Sin embargo, el padre ya parecía más relajado tras haber tenido más o menos una conversación con su hijo. El hijo también estaba más calmado, porque estaba empezando a creer que conversar era eso: una interminable interacción de pregunta-respuesta, menos laborioso que reproducir, fingir o explicar sentimientos.

– Bueno, me voy –dijo el chico, huidizo, arrastrando sonoramente la silla contra el parqué. Dio una zancada hacia la puerta y giró el pomo.
– ¡Eh, espera! ¿Adónde vas?
– Es que he quedado –explicó él con aire agitado e indeciso, señalando hacia afuera.
– ¡Oye! –exclamó, pero luego vaciló– Eh… Pues pásalo bien.
– Sí, sí. Adiós.
– ¡Ah, otra cosa!

El hijo rebobinó sus pasos. Se apoyó en el marco de la puerta, expectante a la despedida de su padre, al que le rodaba una gota de sudor a la altura de la garganta.

– Esto… No hables con extraños.
– No, papá. Procuro no hacerlo.
– Bien, hijo.

El padre despidió a su chico tensando todos los músculos de su cara, con el fin de reconstruir una sonrisa. No podía verificar si lo había conseguido, lo que sí era verdad es que quedó muy satisfecho con su esfuerzo.

La puerta se cerró tras el chico, dando una gran corriente de aire a la salita, que agitó levemente el mantel. El hombre, sin levantarse de la silla, estiró el brazo hacia el mando a distancia. Ahora la tele era para él solo.

jueves, 25 de marzo de 2010

Proximamente...

Éramos personas de una intrascendencia dickensiana, tan ridículamente pobres que ni poseíamos un mísero sueño proletario con olor a imprenta del siglo pasado. Ni tan siquiera podíamos permitirnos una vida plena, sino que íbamos picoteando furtivamente de los bordes de la felicidad, como si hubiera sido el banquete de otros, y se presentase en una tapa ya fría, expuesta a un golpe de calor vespertino o a un par de moscas. Pero no nos importaba. Mamá nos había enseñado a comer de todo. Y aunque masticáramos bien y relamiéramos el plato, siempre nos quedaba, como cuando picas y no comes hasta la plenitud, ese vacío que hacía cosquillas en el alma. Ese hueco es lo que a veces más te llena, es el verdadero alimento, lo que te dice que eres un ser humano.

Porque, ¿quién quiere felicidad teniendo vida? ¿Quién quiere una meta teniendo una razón de ser?


Raison d'être.

viernes, 8 de enero de 2010

Diego, el inhumano [I-VI]

I

Sueño con una escalera al cielo, prefiero pensar que vivo en una sala de espera, que mientras estoy ahí, mi mente duerme. Pero solo, me despierto, me divierto imaginando una perfecta anarquía, incorpórea, inengendrada e imperecedera, donde no exista el tiempo, ni el espacio, y el intelecto no esté sometido a la ambigüedad y vanalidad de las palabras, sino que todo sea pura ciencia. No habría nada que poseer, nada que perder, nada que aprender. Ni cruces, ni monedas, ni aduanas. Ni regalos, ni villancicos, ni pasaportes. Adios, apretones de manos; adios, coloquios en el ascensor. Tampoco habría lugar para mi propio cuerpo, ni para el de otras personas. Por que mi infierno son las otras personas. Mi infierno es subir al cielo y luego tener que bajar.

II

Acabo de recordar que he olvidado recordarle a madre que me trajera mi droga. Me da igual que el psicólogo me diga que es un complemento vitamínico que mejora mi conducta, y decir medicación me suena a octogenario. Es droga, no droga de indigente con con chándal de colecta parroquial. Droga de niños, niños ricos, pero muy malqueridos, con colores pastel. Pastillas, para la mente de madre que es más simplista. Me encuentro verdaderamente mal sin ellas, pero antes vivía feliz sin ellas. Puede que no las necesite en realidad, al igual que tampoco necesito un psicólogo, o una Playstation 3, o tan siquiera una madre. Eso me ha hecho recordar una conversación con una compañera de clase (de cuando iba a clase), Ana. Todo el mundo conoce a alguien como Ana, pero nunca odió a una persona como Ana o sintió deseos de achuchar a una persona como Ana. No hay nada provechoso en ella, salvo escasos minutos de conversación insustancial:

- Eh, ¿ya tienes TDT? -me murmuró en el laboratorio de química. "¿Ya?"
- No -dije sin levantar la vista de mis manos, que jugueteaban con unos imanes.
- ¿¿Todavía no la tienes??
- Tampoco pensaba tenerla alguna vez.
- ¿Tampoco pensabas tenerla? -exclamó resaltando un asombro catastrofista, y me acercó su aliento de mayonesa al lado izquierdo de mi cara. El hemisferio de las matemáticas, no soporto que se me acerquen ahí.
- No -respondí, y me aparté sutilmente de su lado. Volví a mi práctica, de donde nunca debía haberme ido.
- ¡Tienes que instalar el decodificador de la TDT!

Di un golpe en la mesa con el puño. Odio estar en un laboratorio de química y que no se practique química. Al principio pensaba que la pobre Ana se esmeraba por brindarme unos agradables minutos de interacción social, minutos que nunca había pedido, pero su insistencia me llevó a pensar que realmente quería venderme la TDT.

- Sinceramente, Ana, no entiendo por qué debo hacerlo -dije con un tono pausado y una respiración contenida.
- ¡Pues porque si no no tendrás TDT! -gruñó, y sus ojos parecían verdaderamente aterrados. Petición de principio, ¿qué más podría esperar de ti, Anita?
- Pero yo no quiero TDT.
- ¿Cómo que no? Sí que la quieres. Y necesitas TDT.
- No lo creo.
- ¡Dentro de un mes se producirá el apagón analógico, Diego!
- No me digas.
- ¡Por eso necesitas la TDT! Sin el sintonizador no podrás ver la televisión nunca más.
- Eso sería maravilloso.

Ana retrocedió y me hizo una mueca de asco. Le ofendió tanto mi comentario que (¡gracias al cielo!) volvió a su trabajo. Pero yo decía eso sinceramente. Me gustaría librarme de la televisión tanto como de las pastillas, mi madre o mi propio cuerpo.

Tratan de generarme nuevas necesidades para instarme a seguir viviendo, o a adquirir cierto interés por mi existencia. Ni siquiera tengo aprecio por mi existencia. No puedo decirle estas cosas a la gente, porque se echa las manos a la cabeza. Nadie soporta hablar de la muerte, menos del suicidio. Los pobres infelices sueñan con vencer la presencia de la muerte, cuando en realidad estamos sometidos a una amenaza mayor; la propia vida. La muerte es inevitable, pero ¿cómo se escapa de la vida?

III

Sin más rodeos, deseo informar al receptor la causa de mi retiro social: hoy es mi cumpleaños. Recuerdo que mi abuelo se encerraba en el ático todas "las fechas señaladas", estas son, las que implican cualquier clase de ceremonia, con regalos, familia o cualquier clase de protocolo social, pero sobre todo familia. Tras su muerte, yo heredé ese rehuso a los ritos, sólo que él tocaba el piano toda la jornada o escribía los mejores poemas que escribió (sin embargo, los quemó todos a su muerte, porque odiaba tanto al mundo que no quería que nadie disfrutara de ellos -tampoco que nadie se beneficiara de los derechos de autor-). Yo me limito a meterme en la cama con la luz apagada y las persianas cerradas. Así es más fácil pensar que uno no existe. Si soy cobarde soy culpable de ello, pero si no existo, no. Luego no existir es más fácil.

Aunque, a decir verdad, eso me hace aún más cobarde.

IV

Oigo llamar a la puerta. Ya tardaban. Es madre, supongo que trayendo las sobras de la tarta para eximirse de la culpa de haber comido la tarta sin mí. Sé que es madre porque aunque llame no pide permiso, sino que entra encendiendo de golpe la luz y abriendo las persianas. Sé que es mi madre, porque vi el video de mi parto, y ella aparecía resoplando como un cerdo asado, con esos mofletes rojos y sudorosos. Luego aparecía yo, que tenía ictericia.

- Deberías levantarte -dijo con un tono serio.
- No me levantaré cuando deba sino cuando quiera, ¿no crees? -repliqué.
- No, porque tengo que entrar aquí para colocar la habitación.
- No, no tienes que colocar nada. Márchate de aquí -y di media vuelta dispuesto a no escuchar nada más.
- Diego, levántate, por favor.
- Mamá, igual esto es difícil para ti, pero ¡OLVIDAME! ¡DÉJAME EN PAZ!

Pero madre no se fue. Notaba a mis espaldas su enclenque figura envuelta en una bata rancia, sus labios de lombriz temblando patéticamente y sus ojos rojos y cansados de mí. Si lloraba, pensaba echarla ipso facto sin atender a ninguna petición suya. Pero no hizo teatro, gesto que agradecí incluso más que cualquier regalo de cumpleaños.

- Toma. Es Lidia al teléfono -y efectivamente, cuando me giré hacia ella atraído por el nombre "Lidia", vi que el teléfono estaba en sus manos. Me incorporé y traté de cogerlo de manera que lograra mantener el menor contacto posible con sus arrugadas manos.
- Tenías que haber empezado por ahí -contesté. Ella no añadió más. Las ventanas de sus narices estaban dilatadas, y una vena horrible le recorría la frente como un relámpago. Giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta con las manos apretadas en un puño.

V

Lidia era el ser más soportable del planeta. No sólo gozaba de armónicos atributos físicos, que hacían más agradable su compañía. También tenía una incipiente capacidad intelectual, por supuesto, no comparable a la mía. El problema era su campo de especialización: Latín, Griego, Literatura... Vanales e inútiles Humanidades. Siempre saltaba con una etimología o una cita de Aristóteles, en el mejor de los casos, pues la filosofía me parecía más soportable. "El hombre es un animal político", decía, rebatiendo mi individualismo.

La gran diferencia entre Lidia y yo, era que ella aún profesaba una fe ciega hacia la humanidad, incluso hacia mí. Y yo estaba completamente seguro de que si ella no hubiera desperdiciado tantas horas comprendiendo, ayudando, o amando al prójimo, su inteligencia podría haber superado... No, superado no, pero sí igualado a la mía. Me parecía tan desesperante su lucha que a veces pensé en cortar nuestros lazos afectivos, pero nunca me atreví. No mientras tuviera una ínfima oportunidad de aparearme con ella, y así prolongar mi prodigioso código genético.

- ¿Se puede saber que hiciste toda la maldita tarde? -preguntó ella, al otro lado del auricular.
- Estuve en casa -respondí.
- ¿Haciendo qué?
- ¿Tengo que hacer algo cuando estoy en casa?

Se produjo una breve pausa, que no comprendí muy bien. La respiración de Lidia apenas se oía.

- ¡Te hicimos una fiesta y dijiste que vendrías!
- No -espeté al borde de un ataque de histeria-. TÚ dijiste que vendría. TÚ tienes la obstinación de que haga las cosas que a ti te gustan, pero a mi no me gusta. No quiero celebrar mi cumpleaños. No tengo nada que celebrar ni con quién. Esas personas no son mis amigos. Y yo no soy un pobre marginado al que tengas que cuidar y socializar. Estoy bien así, ¿entiendes?
- Solo intentaba ayudarte -murmuró con una voz ridículamente temblorosa, que me recordó a madre, lo cual aumentó mi ira.
- ¿Ayudarme a qué? ¿A mezclarme en esa mole inculta? No quiero tu ayuda.
- Tengo un regalo para ti.
- No lo quiero.
- Diego, no lo hago por ser caritativa contigo.
- Entonces, ¿por qué lo haces?

De nuevo otra pausa, otra más larga e irritante. Con respiraciones mas entrecortadas y agudas.

- Te prometo que no volveré a intentar mejorar tu vida -titubeó Lidia.
- Estoy conforme.
- Pero acepta mi regalo.
- Lidia, el regalo es un contrato social. Si lo acepto, implicará que tendré que hacerte a ti un regalo en tu cumpleaños, y eso es algo que sabes que no pienso hacer. Te tomo por alguien inteligente, así que espero que lo entiendas.

Me sentí orgulloso de mi soberbio y convincente discurso y esperaba que Lidia aprobase mi afirmación. Sin embargo, ya no había nadie al otro lado del teléfono. Sólo un silencio ronco, y el monótono pitido que no dejaba de martillearme la cabeza y decirme que todas mis conversaciones eran monólogos. Y el monólogo se terminó, incluso para mi propio interior. Desde que Lidia colgó, no tuve ganas de hablar con nadie, ni conmigo mismo, en lo que quedaba de día.

Sólamente apunté un dato histórico que debía tomar en cuenta para la posteridad. Tras esta atragantada conversación, las probabilidades de copular con Lidia se habían reducido a cero.

"Siempre puedes donar semen" decía mi abuelo. Y eso me recordó a que hacía tiempo que no me masturbaba.

VI

Estoy solo. Pero no había problema en eso cuando no me sentía solo. Ahora no es así. Es muy duro tener infinidad de pensamientos y no poder compartirlos con nadie. Quiero luz, todo está muy oscuro. Ni siquiera he tenido la oportunidad de contemplarme, desde hace... ¿Cuánto tiempo llevo aquí solo? Las horas se hicieron días, los días, meses, los meses, siglos y siglos de soledad, todos concentrados en un insignificante punto de una fría e insulsa galaxia. ¿Tempus fugit? Y una mierda. El tiempo no existe cuando no tienes nada que hacer, nada que pensar, nada que vivir. No existe diferencia entre mi estado de ataraxia y la muerte, entre mi ente agotado y las piedras. Ni Dios, ni bestia, ni hombre. Una bestia divina. Un dios bestial.Un inhumano.

Continuará.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Mejor que nada.

GC: No recuerdo muy bien qué arrebato emocional me impulsó a escribir algo tan salido de mi temática tétrico-erótica-esperpéntica. Pero la musa es caprichosa, y viene cuando quiere y con lo que quiere, y lo que quería esta vez era un relato de amor platónico de adolescentes confusos y suprahormonados. Lo escribí de un tirón, espero que esté contenta.
xx

Encontró sitio donde aparcar al lado de un árbol robusto y con olor a muerte por otoño. Parecía que no había nada mejor que hacer que sentarse en su sombra para ver cómo, a nuestro frente, el sol agonizaba sobre la colina. Unos metros más allá, al borde del mirador, había aparcados unos cuantos coches cuyos ocupantes los hacían chirriar, sudar, y revolcarse con impúdica efusividad. No sé si fue envidia, repulsión o curiosidad lo que sentí, pero aquel espectáculo de amor automovilístico no me dejó indiferente.

Noté las cadenas de sus pantalones acercarse y me giré hacia él, mi mejor amigo, que siempre parecía recién levantado. Se sentó a mi izquierda, o mejor dicho, junto a mí. Como siempre que no se le ocurría qué decir, se rascaba insistentemente la cabeza con el dedo corazón. En algún momento que no consigo recordar nuestras manos se entrelazaron, e incluso nuestras Converse parecían haberse confundido. Una fuerza desconocida atrajo mi cabeza a su hombro (¿Por qué?) y él acercó su boca a mi pelo. No sé si lo besó, o simplemente lo presionó con los labios. No me resultó incómodo, ni extraño, tampoco excitante, sólo me reconfortó, como cuando te echas Vics VaporRub en el pecho y notas un torrente helado de satisfacción. Fue en aquel momento cuando me pregunté por qué nunca tuve la brillante idea de enamorarme de él.



Entonces dijo algo:

- Creo que nunca podré volver con Él.

Yo le miré, con el mismo rostro con el que él estaba mirando al vacío. Me vi obligada a decir algo, también a callarme. Finalmente me dejé llevar por la espontaneidad.

- Hacíais muy buena pareja -mentí. No sabía por qué de alguna cierta manera sus palabras me hacían feliz.

Se giró hacia mí y me estudió durante unos segundos. Yo le miraba asustada, como esperando a lo inminente, lo inevitable. El pegaría sus labios con los míos y aunque yo no me sintiera segura de ello, no conseguiría (ni querría) evitarlo.

No sé cuánto duró aquel mágico y extraño momento. Los coches parecían haberse callados y el sol ya se había ahogado en el horizonte. Pero nos despegamos y caí en la cuenta de que no había sido tan maravilloso como esperaba. Fue un beso indeciso, forzado, menos que sincero fue irreal. Ni siquiera habíamos abierto la boca. Y efectivamente nuestros rostros expresaban esa sensación de decepción y confusión al separarnos.

- Ojalá fueras un chico -me dijo. Sus ojos eran muy tiernos.

Yo no supe qué decir, ni como sonreír, o si echarme a llorar. Por mi mente pasó una imagen de mi con el pelo corto y atributos
masculinos. Concluí que él tampoco me gustaría si tuviese que ser algo
parecido a aquella imagen. Por nuestro propio bien, retornamos a nuestra posición inicial, donde compartíamos el calor de nuestras manos y nuestras Converse se entrecruzaban. Y nos sentimos bien, nos sentimos amantes, incluso más que todas aquellas efímeras parejas de los coches, o que los amantes de los sellos, o del dinero. Había tantas formas de amar y de ser amado, que aquella tan simple y tan blanca era mejor que nada.

martes, 9 de junio de 2009

El Doctor.

El doctor Gerard Ayuso Virgili esperaba a su próximo paciente. Era la primera vez que vestía aquella bata color lejía. Olía a vinagre y le tiraba al extender los brazos. Manoseó los objetos que se encontraban en sus bolsillos: Un termómetro de mercurio, una jeringuilla usada, un bote vacío de barbitúricos y muchos bolis; unos, con el capuchón mordido, otros, sin capuchón. “Doctor Gerard Ayuso Virgili”, dijo, y rió para sí.

La puerta se abrió con indecisión. Apareció cojeando, una chica, de no más de veinte, envuelta en un abrigo negro. Al doctor le recordó a una de esas nuevas punkis que no hacen otra cosa que llorar y cortarse. Temblaba, quizá de frío o de miedo y aguantaba las lágrimas para que no se le derramase la raya negra de los ojos. Como las uñas y las botas de cuero, también tenía el pelo negro, excepto un gran mechón fucsia que le cruzaba la frente.

Los ojos de cuervo de la chica estudiaron la sala, llena de propaganda de medicamentos y enfermedades degenerativas, y desembocaron en el doctor, un hombre con pinta de pirata y sonrisa desafiante. Tenía el rostro rojizo, lleno de cicatrices, los ojos globulosos, uno gris y otro muy oscuro, de mirada bizca. Sus manos peludas y esqueléticas cargaban unos cuantos anillos dorados.

- Doctor Gerard Ayuso Virgili. ¿Es… Es usted el nuevo médico? –preguntó con una mueca.
- En efecto. ¿Es usted la nueva paciente?

La chica punki rió por lo bajo, hasta que volvió a recordar el dolor tan punzante que sentía en la pierna. La agarró instintivamente, apretando los ojos.

- ¿Dónde te duele, jovencita? –preguntó el doctor levantándose de su asiento.
- La rodilla, la de la derecha –gruñó.
- ¿Desde hace mucho o es reciente?
- Reciente. Me he caído por las escaleras, las de la plaza.
- Menudas escaleras esas. ¿Ha sido en el hueso o en el músculo?
- No sé… -jadeó-. Me dolió mucho y me senté… Y luego se me pasó. Ahora me duele muchísimo.
- ¿Puedes andar, jovencita?

La chica punki hizo ademán de levantarse, pero resbaló como si sus enormes coturnos estuviesen untados de mantequilla. Rápido como el pensamiento, el doctor Gerard Ayuso Virgili agarró a la chica, lo que provocó un respingo de ella. Luego la tomó en brazos y la colocó en la camilla.

- ¿Acostada te duele? –preguntó el doctor.
- Menos –dijo ella entre dientes.
- Menos, ¿eh?… -murmuró el doctor tocándose la barbilla- Quítate el abrigo. Hm… ¿Puedes quitarte sola la bota?
- No creo.
El doctor Gerard Ayuso Virgili bajó la cremallera de la bota mientras la chica punki se desabrochaba el abrigo y se subía la falda escocesa.
- Ah, perdón. Que era la otra pierna.

Tomó con cuidado la pierna derecha y la deshizo de su bota. Llegado a ese punto, el doctor Gerard Ayuso Virgili tenía en sus manos la pierna, pero no sabía muy bien cómo estirarla. Era más larga de lo que parecía, pensó, que con las botas puestas. Tan sana, tan fina, brillante, como de goma. Disfrutó en silencio, durante un largo tiempo, de la perfección de esas piernas, mientras la chica punki intentaba averiguar sus pensamientos.

- Ahora en alto no me duele –dijo ella, para captar su atención.

El doctor Gerard Ayuso Virgili, como si despertase de una ensoñación, dio un respingo y la miró.

- Jovencita, eso es algo normal, ¿sabes? –tartamudeó. Luego, probó a estirar la pierna hacia ella y preguntó-: ¿Así te duele?
- Hm… No mucho… Me molesta, pero no…
- ¿Y así? –preguntó clavando su ojo gris en ella, doblando la pierna-. ¿Así te duele?

La chica arqueó la espalda y apretó los ojos.

- Sí, así sí. Para -dijo rechinando los dientes.
- Vaya. Lo siento, jovencita.
- No. No importa.

El doctor desdobló con cuidado la pierna, y la chica relajó el cuerpo. El doctor Gerard Ayuso Virgili adoptó una pose reflexiva y dio unas cuantas vueltas, alrededor de su estéril despacho. Primero hacia el escritorio, luego hacia la camilla, así sucesivamente mientras la chica punki le seguía con la mirada. Luego se detuvo y chasqueó los dedos.

- ¡Pues claro! –exclamó-. ¿Cómo no me habré dado cuenta antes?
- ¿Darse cuenta de qué? –preguntó con labios temblorosos la paciente.
- Jovencita, eso no es más que un esguince.
- ¿Un esguince? –exclamó perpleja.
- Mm… Sí, un esguince en toda regla, jovencita. Te has dado a conciencia –ella sonrió algo avergonzada-. Pero no te preocupes, tienes suerte de que yo soy un especialista en esguinces. Mi familia tuvo muchos y yo siempre les hago lo mismo.
- ¿Tiene que vendarme?
- Bueno, vendarte es lo de menos. Lo primero que debo hacer es masajearte con una pomada infalible.

El doctor Gerard Ayuso Virgili se dirigió presuroso a sus estanterías. Buscó entre los palillos y las jeringuillas aquel ungüento especial. Finalmente se decantó por un tubo parecido al dentífrico, del cual ciertamente, desconocía su utilidad, pero que pensó que serviría como placebo.

Tomó un buen chorro en su mano y lo extendió por la rodilla con absoluta suavidad, tanta que hizo estremecerse a la paciente.
- Está frío –dijo ella con una risa nerviosa.
- Eso es buena señal –dijo con una de sus más amables sonrisas, ya que para él lo principal, era que su paciente se relajara. La chica, que parecía más relajada cerró los ojos y él continuó masajeando, primero la rodilla y luego la pierna entera, incluidos los pies. Acarició en círculos desde arriba, en el pulgar, hasta abajo, en la ingle. Al ver que ella no oponía resistencia, comenzó con la otra, e hizo lo mismo.
- Caray, eres guapísima...

La chica sólo respondió con un ronroneo. Luego, echó la cabeza a un lado.

El tratamiento había finalizado. El doctor Gerard Ayuso Virgili se miró las manos pegajosas y aspiró fervorosamente el olor a natillas de la pomada. La chica punki volvió a abrir los ojos.

- ¿Mejor? –dijo él.
- Guao… Muchísimo mejor… Es una crema buenísima. ¿De qué marca es?
- Hm... No está comercializada. Pero todos mis pacientes les… ¡Oh! ¡Qué cabeza! ¡Se me han acabado las vendas! ¿Me disculpas un segundo, jovencita? Mientras deja que la pomada penetre por toda tu piel. Eso es vital.
- Vale, doctor. ¡Gracias!
- ¡Eh! ¡Es mi trabajo!

Y con una sonrisa y un guiño se despidió de su paciente y cerró la puerta. Ahora sólo se oía un grifo goteando y la respiración impaciente de la chica. El reloj ya había recorrido media esfera, pero el doctor Gerard Ayuso Virgili seguía sin volver. Sintió que los ojos se le cerraban y estuvo fuera de sí durante un pequeño rato hasta que la puerta se volvió a abrir. Pero no era el doctor Gerard Ayuso Virgili, sino un hombre más mayor, en una bata ajustada de color lejía. La chica punki se incorporó, algo confusa. El hombre dio unos cuantos pasos en falso hasta que notó su presencia.

- Demonios, ¡qué faena! ¿Me estaba esperando?
- Yo estaba esperando al doctor para vendarme –dijo algo desorientada.
- Ah bueno, no se preocupe, aquí estoy –respondió, y se acercó a la chica para tomarle la pierna, pero esta rehuyó.
- Perdone –balbuceó-. Yo estaba esperando al doctor Ayuso Virgili.
- Bueno, ese soy yo, ¿cuál es el problema?
- Gerard Ayuso Virgili –remarcó.
- El mismo.

La chica sintió que se le congelaba la sangre. Retrocedió y clavó los ojos a la pomada que estaba vacía en el suelo, un tubo de crema para el acné.

El doctor Gerard Ayuso Virgili no comprendió su reacción. Juraría no haber visto en la vida a esa chica con aspecto de nueva punki que solo sabe cortarse y llorar. Él se había pasado toda la mañana fuera de la consulta, buscando a aquel paciente bizco de Salud Mental que le había robado la bata.