Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.

miércoles, 21 de abril de 2010

Extraños.

Comunico orgullosa a mis ciberamantes que este texto ganó un concurso literario, de mi instituto, pero por algo se empieza. Recuerdo que lo escribí en un día, y apenas lo modifiqué. A veces pienso que en vez de escribir vomito textos. Pero eso ya es otro cantar.



La cena estaba fría y el reloj averiado. El segundero titubeaba de adelante hacia atrás, estancado entre las ocho y las nueve. El tiempo lo marcaba realmente el roce metálico de los cubiertos contra la porcelana rallada. Tic, el tenedor se clavaba en una salchicha. Tac, el cuchillo serraba. Tic, goteo del grifo. Tac, trago de agua. Tic, tic, tic, insistía el tosco segundero. Pero lo que más se oía sin duda en la sala, eran las palabras que no se pronunciaban.

– Kétchup –dijo finalmente el hijo, sin levantar la vista del plato. El padre le miró aturdido–. Kétchup –repitió más ansioso.

El hombre miró a su mano derecha, donde tenía el bote de kétchup, y conservando aquel aspecto desorientado lo colocó en las manos del chico. Este agitó y estrujó el frasco con impaciencia hasta que un pegote de salsa cayó en el mantel. El padre pareció no fijarse en eso, pues siguió comiendo. El chico tapó su crimen con la servilleta y se llevó otra salchicha a la boca, que apenas masticó. Sintió que se empapizaba y tosió fuerte durante un rato. Su padre apenas le dedicaba alguna que otra rápida mirada. Finalmente, tomó el vaso de agua y lo bebió de un golpe. Cuando cesaron las toses, los tenedores volvieron a conversar durante largos minutos.

– ¿No quieres ver la tele? –sugirió el padre, dando un respingo.
– Bah.

El padre quedó unos instantes pensativo, pero luego continuó con su cena sin darle más gravedad al asunto. Ambos comensales seguían intercambiando miradas furtivas, como si debieran comprobar que el uno permanecía frente al otro. Ninguno tenía especial gana de hablar, pero no querían que el silencio les provocara indigestión. Habiendo terminado la última patata rancia, el padre soltó los cubiertos y se inclinó hacia su hijo.

– Bueno, ¿y qué tal?
– Está fría.
– Me refiero a tu vida, en general.
– Ah –murmuró. Masticó durante unos segundos y acto seguido pinchó otra salchicha– Bien. Bien.
– ¿Te gusta el instituto?
– Eh… Sí. Sí, me gusta.
– ¿Tienes amigos allí?
– Sí. Sí.
– ¿Son buena gente? ¿Son de fiar?
– Supongo.
– ¿Supones?
– Son como yo, creo.
– Ah. Bien. ¿Y alguna chica?

El chico bajó los ojos y sonrió a su vaso de agua.

– Alguna hay –dijo pensativo.
– ¡Ah, bien! –respondió el padre forzando una nerviosa carcajada–. Está bien eso. ¿Y el equipo? ¿Cuándo tenéis partido?
– Papá, ya no estoy en el equipo. Me borré hace dos años.

En aquel momento, el rostro del padre se congeló. Parecía que había recibido una noticia horrible o un gran jarro de agua fría.

– Ah. Vaya, es verdad. Es que el tiempo pasa tan rápido…

Mientras tanto, las ocho y las nueve seguían peleándose por el segundero, cuyo insistente repiqueteo no apaciguaba la tensión del ambiente. Sin embargo, el padre ya parecía más relajado tras haber tenido más o menos una conversación con su hijo. El hijo también estaba más calmado, porque estaba empezando a creer que conversar era eso: una interminable interacción de pregunta-respuesta, menos laborioso que reproducir, fingir o explicar sentimientos.

– Bueno, me voy –dijo el chico, huidizo, arrastrando sonoramente la silla contra el parqué. Dio una zancada hacia la puerta y giró el pomo.
– ¡Eh, espera! ¿Adónde vas?
– Es que he quedado –explicó él con aire agitado e indeciso, señalando hacia afuera.
– ¡Oye! –exclamó, pero luego vaciló– Eh… Pues pásalo bien.
– Sí, sí. Adiós.
– ¡Ah, otra cosa!

El hijo rebobinó sus pasos. Se apoyó en el marco de la puerta, expectante a la despedida de su padre, al que le rodaba una gota de sudor a la altura de la garganta.

– Esto… No hables con extraños.
– No, papá. Procuro no hacerlo.
– Bien, hijo.

El padre despidió a su chico tensando todos los músculos de su cara, con el fin de reconstruir una sonrisa. No podía verificar si lo había conseguido, lo que sí era verdad es que quedó muy satisfecho con su esfuerzo.

La puerta se cerró tras el chico, dando una gran corriente de aire a la salita, que agitó levemente el mantel. El hombre, sin levantarse de la silla, estiró el brazo hacia el mando a distancia. Ahora la tele era para él solo.

4 comentarios:

  1. Como amante virtual y platónico, que me considero, de todo lo que tu talento firme y seductoramente audaz produce, acepto encantado la cita en tu relato. Enhorabuena, aunque sea a destiempo, por ese justo reconocimiento.
    El texto bien se lo merecía... o tú.
    Un beso.

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  2. Felicidades por ello y no me extraña que ganar, magnifico texto...

    besotes de esta peke.

    pd. te espero por mi rincon con tu taza de cafe, siempre que quieras...

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  3. Amante cibernética... nunca había pensado en ti así... (nota mental: escribir sobre ello).

    Me ha gustado, me recuerda tanto a las conversaciones con mi padre, es como si fuese una gran mentira que los dos sabemos que es mentira pero tenemos que escenificarla igual...

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