Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.

martes, 7 de diciembre de 2010

Bailar con extraños.

Coserme los años

de dolor.

Y puntar así las heridas.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Sur le fil. Para Sandra.

Sur le fil.

Así está, sobre un hilo, oscilante y endeble como un metrónomo sin diástole ni tempo. No tiene pies, porque ya no tiene adónde ir. No tiene labios porque ya nadie la besa. No tiene voz porque el aire rehúye de sus pulmones. Aun así, la tempestad no deja de agitar la cuerdecita que la mantiene suspendida en su microuniverso a años sin luz de aquí, de los mortales que la miramos sin comprender qué pasa en realidad dentro de sus ojos, haciéndose más azules, a medida que embotella aguaceros.

No se puede ser tan dulce, no se puede ser tan frágil, si estás sur le fil; la gente disfruta viendo cómo el vértigo te derrota, está expectante a tu caída. Pero debes recordar qué es lo que hace que sigas haciendo acrobacias con la vida.

jueves, 21 de octubre de 2010

Luxuria.

Si supieras cuántas veces te he hecho el amor con los ojos, cómo se desprendían mis retinas arrancándote la ropa, deshaciéndote en suspiros, empapándote con tus propios fluidos, mientras tú mantenías la conversación con perseverante estoicismo; si supieras, de cuántas maneras, en cuántos escenarios inverosímiles, durante cuánto tiempo -100 veces en un segundo, y otras, una sóla vez, durante toda una noche-; si entendieras cómo pasivamente me he acercado a ti, cómo mis labios han recorrido tu cuerpo con mi léxico -de la A de Ares a la V de Venus- hablando hasta que los dientes se me salían de la boca y buscaban tu carne; si de verdad pudieras verte mientras te invento desde mi sangre y mis costillas, y con qué manera deshonrosa sustento tu recuerdo cada instante; si lo supieras, tú, no serías tan virgen, y yo, no dormiría tan sola.

viernes, 8 de octubre de 2010

Lo peor de los corazones rotos es que te sientes como Prometeo, ese titán bondadoso que se permitió la estupidez de creer en el ser humano. Cuando piensas que la herida se está curando, viene otro ave rapaz a picotear tus entrañas, a devorar todo lo que te sostiene, y tú te quedas ahí, atrapado por tu propia obstinación de amar a la humanidad, preguntándote cuál será el siguiente golpe, y cuál el último, el que te derrote definitivamente. Pero antes de que llegue ese golpe tu herida cicatriza, tus tripas vuelven en sí como si nunca hubiesen sido despedazadas. Y piensas que las cosas irán mejor. Pero no es que las aves se hayan vuelto mansas, Prometeo, es que tus entrañas se han endurecido.

Carpe diem.

Me he dado cuenta de que me queda muy poco tiempo y debo decidir de qué bando estoy, de los que sueñan su vida o de los que la viven.

lunes, 28 de junio de 2010

Superbia.

El hecho de que tu cerebro esté aun metro noventa y tres del suelo no significa que estés por encima de quien te rodea.

Porque darás de frente con multitud de cerebros que estén a tu altura, o con otros que se eleven más que el tuyo, y por consiguiente, tengan el privilegio de aplastar el tuyo como un fláccido higo.

O lo que es peor, podrías encontrar un seso que estuviera a una altura tan estratégicamente inferior, que acertase a darte un sonoro cabezazo en el corazón.

Desidia.

Podían pasarse horas, tardes enteras, encolados cada uno en su sillón, consagrando su atención a aquella pantalla descerebrante. En resumen, su ritual vegetativo consistía en mirar con desdén las imágenes que se les ofrecían, sin ningún interés por vivir nada más que por ver como otros vivían, sentían, pensaban, hasta que les secasen los ojos o se quedasen dormidos. Yo, mientras tanto, me encerraba en mi frívolo infierno virtual, sin dejar de preguntarme cómo un mundo tan complejo podía estar creando individuos tan simples.

domingo, 30 de mayo de 2010

Las notas tristes.

Terrible el destino de las notas. Ya pueden ser profundamente graves, imposiblemente agudas, breves o eternas, su voz no tiene sentido si no se lazan en una partitura, no encuentran la prolongación de su vida si no es en la voz de otras notas. Incluso los silencios tienen su propia música.

Pero las más curiosas son esas corcheas que teniendo dos cabecitas unen sus brazos, como el rabo de una cereza. Es más que un legato lo que une a esas dos notas, es una asimilación tan profunda que les hace tanto o más fuertes que una negra. A veces se juntan tres, cuatro, no hablemos de las que están unas encima de otras, formando una orgía armónica. Ahora hay de todo.

Luego quién no siente lástima por esas corcheas solas, que parecen mutiladas, que suenan, pero tan tímidamente que apenas se oyen, su voz se pierde en un pestañeo, en un despiste del público espectante a otras notas más bellas.

Terrible el destino de las notas, pero más el de esas corcheas, esas almas desequilibradas que caminan agazapadas por el pentagrama. Nunca conocerán la paz que encontrarían en la soledad, porque están consagradas a ser un engranaje más de la absurda máquina melódica, a convivir con otras notas como alguna negra, una blanca, redonda si hay suerte, en definitiva, alguien más feroz que amortigüe su caída, pero que nunca, nunca accede a darle ese brazo que precisa en los momentos en los que la risa es un acorde disonante y disminuido, y el llanto discurre en una escala menor.

martes, 25 de mayo de 2010

Gato, te tomo la palabra...


Aquí está mi auténtica sonrisa.
Ahora quiero tu verso más disparatado.

Att.
Clarice

jueves, 6 de mayo de 2010

Bemol tras bemol, mi vida pierde semitonos.

Pronto serás una partitura intocable.

miércoles, 21 de abril de 2010

Extraños.

Comunico orgullosa a mis ciberamantes que este texto ganó un concurso literario, de mi instituto, pero por algo se empieza. Recuerdo que lo escribí en un día, y apenas lo modifiqué. A veces pienso que en vez de escribir vomito textos. Pero eso ya es otro cantar.



La cena estaba fría y el reloj averiado. El segundero titubeaba de adelante hacia atrás, estancado entre las ocho y las nueve. El tiempo lo marcaba realmente el roce metálico de los cubiertos contra la porcelana rallada. Tic, el tenedor se clavaba en una salchicha. Tac, el cuchillo serraba. Tic, goteo del grifo. Tac, trago de agua. Tic, tic, tic, insistía el tosco segundero. Pero lo que más se oía sin duda en la sala, eran las palabras que no se pronunciaban.

– Kétchup –dijo finalmente el hijo, sin levantar la vista del plato. El padre le miró aturdido–. Kétchup –repitió más ansioso.

El hombre miró a su mano derecha, donde tenía el bote de kétchup, y conservando aquel aspecto desorientado lo colocó en las manos del chico. Este agitó y estrujó el frasco con impaciencia hasta que un pegote de salsa cayó en el mantel. El padre pareció no fijarse en eso, pues siguió comiendo. El chico tapó su crimen con la servilleta y se llevó otra salchicha a la boca, que apenas masticó. Sintió que se empapizaba y tosió fuerte durante un rato. Su padre apenas le dedicaba alguna que otra rápida mirada. Finalmente, tomó el vaso de agua y lo bebió de un golpe. Cuando cesaron las toses, los tenedores volvieron a conversar durante largos minutos.

– ¿No quieres ver la tele? –sugirió el padre, dando un respingo.
– Bah.

El padre quedó unos instantes pensativo, pero luego continuó con su cena sin darle más gravedad al asunto. Ambos comensales seguían intercambiando miradas furtivas, como si debieran comprobar que el uno permanecía frente al otro. Ninguno tenía especial gana de hablar, pero no querían que el silencio les provocara indigestión. Habiendo terminado la última patata rancia, el padre soltó los cubiertos y se inclinó hacia su hijo.

– Bueno, ¿y qué tal?
– Está fría.
– Me refiero a tu vida, en general.
– Ah –murmuró. Masticó durante unos segundos y acto seguido pinchó otra salchicha– Bien. Bien.
– ¿Te gusta el instituto?
– Eh… Sí. Sí, me gusta.
– ¿Tienes amigos allí?
– Sí. Sí.
– ¿Son buena gente? ¿Son de fiar?
– Supongo.
– ¿Supones?
– Son como yo, creo.
– Ah. Bien. ¿Y alguna chica?

El chico bajó los ojos y sonrió a su vaso de agua.

– Alguna hay –dijo pensativo.
– ¡Ah, bien! –respondió el padre forzando una nerviosa carcajada–. Está bien eso. ¿Y el equipo? ¿Cuándo tenéis partido?
– Papá, ya no estoy en el equipo. Me borré hace dos años.

En aquel momento, el rostro del padre se congeló. Parecía que había recibido una noticia horrible o un gran jarro de agua fría.

– Ah. Vaya, es verdad. Es que el tiempo pasa tan rápido…

Mientras tanto, las ocho y las nueve seguían peleándose por el segundero, cuyo insistente repiqueteo no apaciguaba la tensión del ambiente. Sin embargo, el padre ya parecía más relajado tras haber tenido más o menos una conversación con su hijo. El hijo también estaba más calmado, porque estaba empezando a creer que conversar era eso: una interminable interacción de pregunta-respuesta, menos laborioso que reproducir, fingir o explicar sentimientos.

– Bueno, me voy –dijo el chico, huidizo, arrastrando sonoramente la silla contra el parqué. Dio una zancada hacia la puerta y giró el pomo.
– ¡Eh, espera! ¿Adónde vas?
– Es que he quedado –explicó él con aire agitado e indeciso, señalando hacia afuera.
– ¡Oye! –exclamó, pero luego vaciló– Eh… Pues pásalo bien.
– Sí, sí. Adiós.
– ¡Ah, otra cosa!

El hijo rebobinó sus pasos. Se apoyó en el marco de la puerta, expectante a la despedida de su padre, al que le rodaba una gota de sudor a la altura de la garganta.

– Esto… No hables con extraños.
– No, papá. Procuro no hacerlo.
– Bien, hijo.

El padre despidió a su chico tensando todos los músculos de su cara, con el fin de reconstruir una sonrisa. No podía verificar si lo había conseguido, lo que sí era verdad es que quedó muy satisfecho con su esfuerzo.

La puerta se cerró tras el chico, dando una gran corriente de aire a la salita, que agitó levemente el mantel. El hombre, sin levantarse de la silla, estiró el brazo hacia el mando a distancia. Ahora la tele era para él solo.

jueves, 8 de abril de 2010

Huésped.

-Captatio benevolentiae-
No soy poeta, soy narradora y después soy humana. Hasta haciendo poesía soy narradora y humana. Estoy acostumbrada a mi poca calidad poética, pero nunca puedo acostumbrarme a lo que se cuece dentro de mí. Quizá de ahí mi insistencia por escribir cosas como estas.

Y vienes (¿por qué vuelves?) otra vez, a visitarme.
Como un huésped no invitado,
como el correo extraviado,
como un chubasco de verano,
o un regalo de un pariente lejano

Y vuelves (¿a qué vienes?), dices, para quedarte.
¿Dónde te pongo ahora, que está todo ocupado?
Pero si puedes, ábrete un hueco
entre mis huéspedes de verano
mis correos de un pariente lejano
mis chubascos no invitados
o mis regalos extraviados

Como ves, sin ti, lo tengo todo controlado.
Pero si insistes, búscame
un buzón
para mis regalos de verano
un chaquetón
para mis correos no invitados
un cajón
para mis chubascos de un pariente lejano

un corazón
para mis huéspedes extraviados.

viernes, 2 de abril de 2010

Diario de una insomne.

Hay quien dice que el tiempo es oro; yo daría oro por el tiempo, no he encontrado hasta la fecha un lugar más confortable donde vivir. Salto de hora en hora, como una nómada, mi vida se consume en la pantalla del ordenador, en la última esquina de un papel, en la cuerda más fina de mi guitarra, en el piloto rojo de mi cámara. El minutero me lleva de la mano hasta la más profunda soledad de la noche.

A la una oigo a mi padre que enciende la luz de la cocina. Abre la nevera, la cierra, da unas cuantas vueltas alrededor de la luz de la cocina y la vuelve a abrir. Media hora después se acerca a mi cueva. Dice ya es hora de dormir, pero no sé a quién de los dos se refiere.

A las dos quiero ver una peli, pero también quiero leer, dibujar, o convencerme a mí misma de que hoy (justo hoy) empezaré una nueva novela. Luego se me ocurre que quiero tocar el piano o la guitarra, pero que sería mejor tocarlos en el Royal Albert Hall que en el anonimato del hogar. Busco, pues, vuelos baratos a Londres y miro fechas que me coincidan. Calculo que sobre el 20 de junio estaré completamente libre, pero, ya que voy a dar un concierto, debo tener un repertorio. Elaboro una playlist imaginaria de canciones que puedo componer y pienso un género adecuado para ellas. Indie-folk está bastante manido entre jovencitas cantautoras, me tira más el Indie-Rock. Fantaseo con mi mánager; no quiero un cachas de cuerpo bronceado y pelo en pecho, me basta con un adorable burócrata que tenga una tierna neurosis, tipo Woody Allen, pero más joven. Pienso que nuestra relación será difícil debido a que él no puede despegarse de la influencia de su madre con la que ha desarrollado una dependencia mutua asquerosamente edípica. Eso le quita atractivo. Podría planear ligarme al batería, pero deduzco que mi mánager me echará si no compongo deprisa (en realidad siente celos por mi repentino interés hacia el batería, lo noto en como guiña compulsivamente el ojo cuando nos ve juntos). Sin embargo, a la hora de componer, descubro que no es muy adecuado ponerse a tocar a las 2 y pico de la mañana, así que termino no haciendo nada.

A las 3, decido ver una peli, pero me salta la restricción de los 72 minutos y literalmente me jodo.

A las 4 y media, hora en la que he comenzado a escribir esto, los barrenderos limpian las calles con esos aparatos tan ruidosos (ya sabes, esos camioncitos con cepillos redondos gigantes que hacen el ruido de una batidora). Ahora, cada vez que oigo ese ruido, lo asocio a la madrugada, a mi recurrente falta de sueño, a mi soledad. Después de eso sólo viene el silencio. Me invade una angustia solipsista. A esta hora, la gente duerme, es como si el resto se hubiera mudado de universo, y yo me hubiera quedado aquí, en tierra, en lo mundano. Pero esa obsesión se me pasa a medida que se acercan las 5 de la mañana, y oigo coches. Estos coches son distintos a los de las 12 de la noche. Los segundos tienen motor ruidoso, color chillón y música de chiringuito. Sin embargo, los autos de las 5 de la mañana son silenciosos, efímeros, ligeros como una pluma, pues no deben cargarse de mariconadas de tuning porque tienen prisa. Pronto entrarán a trabajar. Me alivian al hacerme saber que no soy la única persona despierta en esta larga noche, y es entonces cuando quiero dormir.

Cuando no duermes, puede que estés pensando en alguien que te quite el sueño, tengas algún asunto sin resolver, o un dolor crónico insoportable. Pero las peores noches en vela, son las que, como esta, no tienen ningún motivo.

jueves, 25 de marzo de 2010

Proximamente...

Éramos personas de una intrascendencia dickensiana, tan ridículamente pobres que ni poseíamos un mísero sueño proletario con olor a imprenta del siglo pasado. Ni tan siquiera podíamos permitirnos una vida plena, sino que íbamos picoteando furtivamente de los bordes de la felicidad, como si hubiera sido el banquete de otros, y se presentase en una tapa ya fría, expuesta a un golpe de calor vespertino o a un par de moscas. Pero no nos importaba. Mamá nos había enseñado a comer de todo. Y aunque masticáramos bien y relamiéramos el plato, siempre nos quedaba, como cuando picas y no comes hasta la plenitud, ese vacío que hacía cosquillas en el alma. Ese hueco es lo que a veces más te llena, es el verdadero alimento, lo que te dice que eres un ser humano.

Porque, ¿quién quiere felicidad teniendo vida? ¿Quién quiere una meta teniendo una razón de ser?


Raison d'être.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Yo quería vivir contigo
(sí, contigo)
en la surrealidad.

Yo quería reír contigo
(y conmigo)
en la fatalidad.

Yo quería tener un amigo

a quien traicionar.


Y un poema que romper, romper
Y una vida que arreglar


Yo quería vivir
(contigo)
para variar.

viernes, 19 de febrero de 2010

Pata rota.

No quedaban libros… para nivelar la pata rota del sillón del líder. Y su inteligencia siguió cojeando...

viernes, 8 de enero de 2010

Diego, el inhumano [I-VI]

I

Sueño con una escalera al cielo, prefiero pensar que vivo en una sala de espera, que mientras estoy ahí, mi mente duerme. Pero solo, me despierto, me divierto imaginando una perfecta anarquía, incorpórea, inengendrada e imperecedera, donde no exista el tiempo, ni el espacio, y el intelecto no esté sometido a la ambigüedad y vanalidad de las palabras, sino que todo sea pura ciencia. No habría nada que poseer, nada que perder, nada que aprender. Ni cruces, ni monedas, ni aduanas. Ni regalos, ni villancicos, ni pasaportes. Adios, apretones de manos; adios, coloquios en el ascensor. Tampoco habría lugar para mi propio cuerpo, ni para el de otras personas. Por que mi infierno son las otras personas. Mi infierno es subir al cielo y luego tener que bajar.

II

Acabo de recordar que he olvidado recordarle a madre que me trajera mi droga. Me da igual que el psicólogo me diga que es un complemento vitamínico que mejora mi conducta, y decir medicación me suena a octogenario. Es droga, no droga de indigente con con chándal de colecta parroquial. Droga de niños, niños ricos, pero muy malqueridos, con colores pastel. Pastillas, para la mente de madre que es más simplista. Me encuentro verdaderamente mal sin ellas, pero antes vivía feliz sin ellas. Puede que no las necesite en realidad, al igual que tampoco necesito un psicólogo, o una Playstation 3, o tan siquiera una madre. Eso me ha hecho recordar una conversación con una compañera de clase (de cuando iba a clase), Ana. Todo el mundo conoce a alguien como Ana, pero nunca odió a una persona como Ana o sintió deseos de achuchar a una persona como Ana. No hay nada provechoso en ella, salvo escasos minutos de conversación insustancial:

- Eh, ¿ya tienes TDT? -me murmuró en el laboratorio de química. "¿Ya?"
- No -dije sin levantar la vista de mis manos, que jugueteaban con unos imanes.
- ¿¿Todavía no la tienes??
- Tampoco pensaba tenerla alguna vez.
- ¿Tampoco pensabas tenerla? -exclamó resaltando un asombro catastrofista, y me acercó su aliento de mayonesa al lado izquierdo de mi cara. El hemisferio de las matemáticas, no soporto que se me acerquen ahí.
- No -respondí, y me aparté sutilmente de su lado. Volví a mi práctica, de donde nunca debía haberme ido.
- ¡Tienes que instalar el decodificador de la TDT!

Di un golpe en la mesa con el puño. Odio estar en un laboratorio de química y que no se practique química. Al principio pensaba que la pobre Ana se esmeraba por brindarme unos agradables minutos de interacción social, minutos que nunca había pedido, pero su insistencia me llevó a pensar que realmente quería venderme la TDT.

- Sinceramente, Ana, no entiendo por qué debo hacerlo -dije con un tono pausado y una respiración contenida.
- ¡Pues porque si no no tendrás TDT! -gruñó, y sus ojos parecían verdaderamente aterrados. Petición de principio, ¿qué más podría esperar de ti, Anita?
- Pero yo no quiero TDT.
- ¿Cómo que no? Sí que la quieres. Y necesitas TDT.
- No lo creo.
- ¡Dentro de un mes se producirá el apagón analógico, Diego!
- No me digas.
- ¡Por eso necesitas la TDT! Sin el sintonizador no podrás ver la televisión nunca más.
- Eso sería maravilloso.

Ana retrocedió y me hizo una mueca de asco. Le ofendió tanto mi comentario que (¡gracias al cielo!) volvió a su trabajo. Pero yo decía eso sinceramente. Me gustaría librarme de la televisión tanto como de las pastillas, mi madre o mi propio cuerpo.

Tratan de generarme nuevas necesidades para instarme a seguir viviendo, o a adquirir cierto interés por mi existencia. Ni siquiera tengo aprecio por mi existencia. No puedo decirle estas cosas a la gente, porque se echa las manos a la cabeza. Nadie soporta hablar de la muerte, menos del suicidio. Los pobres infelices sueñan con vencer la presencia de la muerte, cuando en realidad estamos sometidos a una amenaza mayor; la propia vida. La muerte es inevitable, pero ¿cómo se escapa de la vida?

III

Sin más rodeos, deseo informar al receptor la causa de mi retiro social: hoy es mi cumpleaños. Recuerdo que mi abuelo se encerraba en el ático todas "las fechas señaladas", estas son, las que implican cualquier clase de ceremonia, con regalos, familia o cualquier clase de protocolo social, pero sobre todo familia. Tras su muerte, yo heredé ese rehuso a los ritos, sólo que él tocaba el piano toda la jornada o escribía los mejores poemas que escribió (sin embargo, los quemó todos a su muerte, porque odiaba tanto al mundo que no quería que nadie disfrutara de ellos -tampoco que nadie se beneficiara de los derechos de autor-). Yo me limito a meterme en la cama con la luz apagada y las persianas cerradas. Así es más fácil pensar que uno no existe. Si soy cobarde soy culpable de ello, pero si no existo, no. Luego no existir es más fácil.

Aunque, a decir verdad, eso me hace aún más cobarde.

IV

Oigo llamar a la puerta. Ya tardaban. Es madre, supongo que trayendo las sobras de la tarta para eximirse de la culpa de haber comido la tarta sin mí. Sé que es madre porque aunque llame no pide permiso, sino que entra encendiendo de golpe la luz y abriendo las persianas. Sé que es mi madre, porque vi el video de mi parto, y ella aparecía resoplando como un cerdo asado, con esos mofletes rojos y sudorosos. Luego aparecía yo, que tenía ictericia.

- Deberías levantarte -dijo con un tono serio.
- No me levantaré cuando deba sino cuando quiera, ¿no crees? -repliqué.
- No, porque tengo que entrar aquí para colocar la habitación.
- No, no tienes que colocar nada. Márchate de aquí -y di media vuelta dispuesto a no escuchar nada más.
- Diego, levántate, por favor.
- Mamá, igual esto es difícil para ti, pero ¡OLVIDAME! ¡DÉJAME EN PAZ!

Pero madre no se fue. Notaba a mis espaldas su enclenque figura envuelta en una bata rancia, sus labios de lombriz temblando patéticamente y sus ojos rojos y cansados de mí. Si lloraba, pensaba echarla ipso facto sin atender a ninguna petición suya. Pero no hizo teatro, gesto que agradecí incluso más que cualquier regalo de cumpleaños.

- Toma. Es Lidia al teléfono -y efectivamente, cuando me giré hacia ella atraído por el nombre "Lidia", vi que el teléfono estaba en sus manos. Me incorporé y traté de cogerlo de manera que lograra mantener el menor contacto posible con sus arrugadas manos.
- Tenías que haber empezado por ahí -contesté. Ella no añadió más. Las ventanas de sus narices estaban dilatadas, y una vena horrible le recorría la frente como un relámpago. Giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta con las manos apretadas en un puño.

V

Lidia era el ser más soportable del planeta. No sólo gozaba de armónicos atributos físicos, que hacían más agradable su compañía. También tenía una incipiente capacidad intelectual, por supuesto, no comparable a la mía. El problema era su campo de especialización: Latín, Griego, Literatura... Vanales e inútiles Humanidades. Siempre saltaba con una etimología o una cita de Aristóteles, en el mejor de los casos, pues la filosofía me parecía más soportable. "El hombre es un animal político", decía, rebatiendo mi individualismo.

La gran diferencia entre Lidia y yo, era que ella aún profesaba una fe ciega hacia la humanidad, incluso hacia mí. Y yo estaba completamente seguro de que si ella no hubiera desperdiciado tantas horas comprendiendo, ayudando, o amando al prójimo, su inteligencia podría haber superado... No, superado no, pero sí igualado a la mía. Me parecía tan desesperante su lucha que a veces pensé en cortar nuestros lazos afectivos, pero nunca me atreví. No mientras tuviera una ínfima oportunidad de aparearme con ella, y así prolongar mi prodigioso código genético.

- ¿Se puede saber que hiciste toda la maldita tarde? -preguntó ella, al otro lado del auricular.
- Estuve en casa -respondí.
- ¿Haciendo qué?
- ¿Tengo que hacer algo cuando estoy en casa?

Se produjo una breve pausa, que no comprendí muy bien. La respiración de Lidia apenas se oía.

- ¡Te hicimos una fiesta y dijiste que vendrías!
- No -espeté al borde de un ataque de histeria-. TÚ dijiste que vendría. TÚ tienes la obstinación de que haga las cosas que a ti te gustan, pero a mi no me gusta. No quiero celebrar mi cumpleaños. No tengo nada que celebrar ni con quién. Esas personas no son mis amigos. Y yo no soy un pobre marginado al que tengas que cuidar y socializar. Estoy bien así, ¿entiendes?
- Solo intentaba ayudarte -murmuró con una voz ridículamente temblorosa, que me recordó a madre, lo cual aumentó mi ira.
- ¿Ayudarme a qué? ¿A mezclarme en esa mole inculta? No quiero tu ayuda.
- Tengo un regalo para ti.
- No lo quiero.
- Diego, no lo hago por ser caritativa contigo.
- Entonces, ¿por qué lo haces?

De nuevo otra pausa, otra más larga e irritante. Con respiraciones mas entrecortadas y agudas.

- Te prometo que no volveré a intentar mejorar tu vida -titubeó Lidia.
- Estoy conforme.
- Pero acepta mi regalo.
- Lidia, el regalo es un contrato social. Si lo acepto, implicará que tendré que hacerte a ti un regalo en tu cumpleaños, y eso es algo que sabes que no pienso hacer. Te tomo por alguien inteligente, así que espero que lo entiendas.

Me sentí orgulloso de mi soberbio y convincente discurso y esperaba que Lidia aprobase mi afirmación. Sin embargo, ya no había nadie al otro lado del teléfono. Sólo un silencio ronco, y el monótono pitido que no dejaba de martillearme la cabeza y decirme que todas mis conversaciones eran monólogos. Y el monólogo se terminó, incluso para mi propio interior. Desde que Lidia colgó, no tuve ganas de hablar con nadie, ni conmigo mismo, en lo que quedaba de día.

Sólamente apunté un dato histórico que debía tomar en cuenta para la posteridad. Tras esta atragantada conversación, las probabilidades de copular con Lidia se habían reducido a cero.

"Siempre puedes donar semen" decía mi abuelo. Y eso me recordó a que hacía tiempo que no me masturbaba.

VI

Estoy solo. Pero no había problema en eso cuando no me sentía solo. Ahora no es así. Es muy duro tener infinidad de pensamientos y no poder compartirlos con nadie. Quiero luz, todo está muy oscuro. Ni siquiera he tenido la oportunidad de contemplarme, desde hace... ¿Cuánto tiempo llevo aquí solo? Las horas se hicieron días, los días, meses, los meses, siglos y siglos de soledad, todos concentrados en un insignificante punto de una fría e insulsa galaxia. ¿Tempus fugit? Y una mierda. El tiempo no existe cuando no tienes nada que hacer, nada que pensar, nada que vivir. No existe diferencia entre mi estado de ataraxia y la muerte, entre mi ente agotado y las piedras. Ni Dios, ni bestia, ni hombre. Una bestia divina. Un dios bestial.Un inhumano.

Continuará.