I
Sueño con una escalera al cielo, prefiero pensar que vivo en una sala de espera, que mientras estoy ahí, mi mente duerme. Pero solo, me despierto, me divierto imaginando una perfecta anarquía, incorpórea, inengendrada e imperecedera, donde no exista el tiempo, ni el espacio, y el intelecto no esté sometido a la ambigüedad y vanalidad de las palabras, sino que todo sea pura ciencia. No habría nada que poseer, nada que perder, nada que aprender. Ni cruces, ni monedas, ni aduanas. Ni regalos, ni villancicos, ni pasaportes. Adios, apretones de manos; adios, coloquios en el ascensor. Tampoco habría lugar para mi propio cuerpo, ni para el de otras personas. Por que mi infierno son las otras personas. Mi infierno es subir al cielo y luego tener que bajar.
II
Acabo de recordar que he olvidado recordarle a madre que me trajera mi droga. Me da igual que el psicólogo me diga que es un complemento vitamínico que mejora mi conducta, y decir medicación me suena a octogenario. Es droga, no droga de indigente con con chándal de colecta parroquial. Droga de niños, niños ricos, pero muy malqueridos, con colores pastel. Pastillas, para la mente de madre que es más simplista. Me encuentro verdaderamente mal sin ellas, pero antes vivía feliz sin ellas. Puede que no las necesite en realidad, al igual que tampoco necesito un psicólogo, o una Playstation 3, o tan siquiera una madre. Eso me ha hecho recordar una conversación con una compañera de clase (de cuando iba a clase), Ana. Todo el mundo conoce a alguien como Ana, pero nunca odió a una persona como Ana o sintió deseos de achuchar a una persona como Ana. No hay nada provechoso en ella, salvo escasos minutos de conversación insustancial:
- Eh, ¿ya tienes TDT? -me murmuró en el laboratorio de química. "¿Ya?"
- No -dije sin levantar la vista de mis manos, que jugueteaban con unos imanes.
- ¿¿Todavía no la tienes??
- Tampoco pensaba tenerla alguna vez.
- ¿Tampoco pensabas tenerla? -exclamó resaltando un asombro catastrofista, y me acercó su aliento de mayonesa al lado izquierdo de mi cara. El hemisferio de las matemáticas, no soporto que se me acerquen ahí.
- No -respondí, y me aparté sutilmente de su lado. Volví a mi práctica, de donde nunca debía haberme ido.
- ¡Tienes que instalar el decodificador de la TDT!
Di un golpe en la mesa con el puño. Odio estar en un laboratorio de química y que no se practique química. Al principio pensaba que la pobre Ana se esmeraba por brindarme unos agradables minutos de interacción social, minutos que nunca había pedido, pero su insistencia me llevó a pensar que realmente quería venderme la TDT.
- Sinceramente, Ana, no entiendo por qué debo hacerlo -dije con un tono pausado y una respiración contenida.
- ¡Pues porque si no no tendrás TDT! -gruñó, y sus ojos parecían verdaderamente aterrados. Petición de principio, ¿qué más podría esperar de ti, Anita?
- Pero yo no quiero TDT.
- ¿Cómo que no? Sí que la quieres. Y necesitas TDT.
- No lo creo.
- ¡Dentro de un mes se producirá el apagón analógico, Diego!
- No me digas.
- ¡Por eso necesitas la TDT! Sin el sintonizador no podrás ver la televisión nunca más.
- Eso sería maravilloso.
Ana retrocedió y me hizo una mueca de asco. Le ofendió tanto mi comentario que (¡gracias al cielo!) volvió a su trabajo. Pero yo decía eso sinceramente. Me gustaría librarme de la televisión tanto como de las pastillas, mi madre o mi propio cuerpo.
Tratan de generarme nuevas necesidades para instarme a seguir viviendo, o a adquirir cierto interés por mi existencia. Ni siquiera tengo aprecio por mi existencia. No puedo decirle estas cosas a la gente, porque se echa las manos a la cabeza. Nadie soporta hablar de la muerte, menos del suicidio. Los pobres infelices sueñan con vencer la presencia de la muerte, cuando en realidad estamos sometidos a una amenaza mayor; la propia vida. La muerte es inevitable, pero ¿cómo se escapa de la vida?
III
Sin más rodeos, deseo informar al receptor la causa de mi retiro social: hoy es mi cumpleaños. Recuerdo que mi abuelo se encerraba en el ático todas "las fechas señaladas", estas son, las que implican cualquier clase de ceremonia, con regalos, familia o cualquier clase de protocolo social, pero sobre todo familia. Tras su muerte, yo heredé ese rehuso a los ritos, sólo que él tocaba el piano toda la jornada o escribía los mejores poemas que escribió (sin embargo, los quemó todos a su muerte, porque odiaba tanto al mundo que no quería que nadie disfrutara de ellos -tampoco que nadie se beneficiara de los derechos de autor-). Yo me limito a meterme en la cama con la luz apagada y las persianas cerradas. Así es más fácil pensar que uno no existe. Si soy cobarde soy culpable de ello, pero si no existo, no. Luego no existir es más fácil.
Aunque, a decir verdad, eso me hace aún más cobarde.
IV
Oigo llamar a la puerta. Ya tardaban. Es madre, supongo que trayendo las sobras de la tarta para eximirse de la culpa de haber comido la tarta sin mí. Sé que es madre porque aunque llame no pide permiso, sino que entra encendiendo de golpe la luz y abriendo las persianas. Sé que es mi madre, porque vi el video de mi parto, y ella aparecía resoplando como un cerdo asado, con esos mofletes rojos y sudorosos. Luego aparecía yo, que tenía ictericia.
- Deberías levantarte -dijo con un tono serio.
- No me levantaré cuando deba sino cuando quiera, ¿no crees? -repliqué.
- No, porque tengo que entrar aquí para colocar la habitación.
- No, no tienes que colocar nada. Márchate de aquí -y di media vuelta dispuesto a no escuchar nada más.
- Diego, levántate, por favor.
- Mamá, igual esto es difícil para ti, pero ¡OLVIDAME! ¡DÉJAME EN PAZ!
Pero madre no se fue. Notaba a mis espaldas su enclenque figura envuelta en una bata rancia, sus labios de lombriz temblando patéticamente y sus ojos rojos y cansados de mí. Si lloraba, pensaba echarla ipso facto sin atender a ninguna petición suya. Pero no hizo teatro, gesto que agradecí incluso más que cualquier regalo de cumpleaños.
- Toma. Es Lidia al teléfono -y efectivamente, cuando me giré hacia ella atraído por el nombre "Lidia", vi que el teléfono estaba en sus manos. Me incorporé y traté de cogerlo de manera que lograra mantener el menor contacto posible con sus arrugadas manos.
- Tenías que haber empezado por ahí -contesté. Ella no añadió más. Las ventanas de sus narices estaban dilatadas, y una vena horrible le recorría la frente como un relámpago. Giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta con las manos apretadas en un puño.
V
Lidia era el ser más soportable del planeta. No sólo gozaba de armónicos atributos físicos, que hacían más agradable su compañía. También tenía una incipiente capacidad intelectual, por supuesto, no comparable a la mía. El problema era su campo de especialización: Latín, Griego, Literatura... Vanales e inútiles Humanidades. Siempre saltaba con una etimología o una cita de Aristóteles, en el mejor de los casos, pues la filosofía me parecía más soportable. "El hombre es un animal político", decía, rebatiendo mi individualismo.
La gran diferencia entre Lidia y yo, era que ella aún profesaba una fe ciega hacia la humanidad, incluso hacia mí. Y yo estaba completamente seguro de que si ella no hubiera desperdiciado tantas horas comprendiendo, ayudando, o amando al prójimo, su inteligencia podría haber superado... No, superado no, pero sí igualado a la mía. Me parecía tan desesperante su lucha que a veces pensé en cortar nuestros lazos afectivos, pero nunca me atreví. No mientras tuviera una ínfima oportunidad de aparearme con ella, y así prolongar mi prodigioso código genético.
- ¿Se puede saber que hiciste toda la maldita tarde? -preguntó ella, al otro lado del auricular.
- Estuve en casa -respondí.
- ¿Haciendo qué?
- ¿Tengo que hacer algo cuando estoy en casa?
Se produjo una breve pausa, que no comprendí muy bien. La respiración de Lidia apenas se oía.
- ¡Te hicimos una fiesta y dijiste que vendrías!
- No -espeté al borde de un ataque de histeria-. TÚ dijiste que vendría. TÚ tienes la obstinación de que haga las cosas que a ti te gustan, pero a mi no me gusta. No quiero celebrar mi cumpleaños. No tengo nada que celebrar ni con quién. Esas personas no son mis amigos. Y yo no soy un pobre marginado al que tengas que cuidar y socializar. Estoy bien así, ¿entiendes?
- Solo intentaba ayudarte -murmuró con una voz ridículamente temblorosa, que me recordó a madre, lo cual aumentó mi ira.
- ¿Ayudarme a qué? ¿A mezclarme en esa mole inculta? No quiero tu ayuda.
- Tengo un regalo para ti.
- No lo quiero.
- Diego, no lo hago por ser caritativa contigo.
- Entonces, ¿por qué lo haces?
De nuevo otra pausa, otra más larga e irritante. Con respiraciones mas entrecortadas y agudas.
- Te prometo que no volveré a intentar mejorar tu vida -titubeó Lidia.
- Estoy conforme.
- Pero acepta mi regalo.
- Lidia, el regalo es un contrato social. Si lo acepto, implicará que tendré que hacerte a ti un regalo en tu cumpleaños, y eso es algo que sabes que no pienso hacer. Te tomo por alguien inteligente, así que espero que lo entiendas.
Me sentí orgulloso de mi soberbio y convincente discurso y esperaba que Lidia aprobase mi afirmación. Sin embargo, ya no había nadie al otro lado del teléfono. Sólo un silencio ronco, y el monótono pitido que no dejaba de martillearme la cabeza y decirme que todas mis conversaciones eran monólogos. Y el monólogo se terminó, incluso para mi propio interior. Desde que Lidia colgó, no tuve ganas de hablar con nadie, ni conmigo mismo, en lo que quedaba de día.
Sólamente apunté un dato histórico que debía tomar en cuenta para la posteridad. Tras esta atragantada conversación, las probabilidades de copular con Lidia se habían reducido a cero.
"Siempre puedes donar semen" decía mi abuelo. Y eso me recordó a que hacía tiempo que no me masturbaba.
VI
Estoy solo. Pero no había problema en eso cuando no me sentía solo. Ahora no es así. Es muy duro tener infinidad de pensamientos y no poder compartirlos con nadie. Quiero luz, todo está muy oscuro. Ni siquiera he tenido la oportunidad de contemplarme, desde hace... ¿Cuánto tiempo llevo aquí solo? Las horas se hicieron días, los días, meses, los meses, siglos y siglos de soledad, todos concentrados en un insignificante punto de una fría e insulsa galaxia. ¿Tempus fugit? Y una mierda. El tiempo no existe cuando no tienes nada que hacer, nada que pensar, nada que vivir. No existe diferencia entre mi estado de ataraxia y la muerte, entre mi ente agotado y las piedras. Ni Dios, ni bestia, ni hombre. Una bestia divina. Un dios bestial.Un inhumano.
Continuará.
Pequeña, infantil, caprichosa, egoísta, pasional, iracunda, posesiva, errática, hipersensible, frívola, cruel, hipócrita, ingenua, manipulable, cizañera, extorsionadora, chantajista, pudorosa, decorosa, lujuriosa, insolente, desvergonzada, insegura, tozuda, engreída, orgullosa, egocéntrica, perezosa, catastrofista, intranquila, reflexiva, bohemia, proletaria, burguesa, abstemia, adicta, espiritual, atea, nihilista, anarquista, dadaísta, darwinista, kafkiana, vegetariana, antropófaga, extranjera, decadente, bizarra, ilegible, transparente, paranoica, romántica, lánguida, cursiva, violeta, irracional. Clarice.
Escribe escribe sin parar.
ResponderEliminarY sí Magritte es maravilloso.
Diego es inteligente a ratos. El saberse inteligente es precisamente lo que le pierde. Dile que no llegará a ninguna parte intentando ser algo que no es, intentando no depender de nadie... sería maravilloso pero por desgracia no viene en nuestro código genético ni naturaleza, no podemos evitar seguir un absurdo patrón instintivo social. Feliz cumpleaños de todos modos, Diego. El primer y tercer extracto me han gustado especialmente.
ResponderEliminarMe encanta leerte. Parece que nuestros 204 meses encajan en una página con un montón de letras. Mis peces te mandan un saludo, se disculpan por su conducta del otro día; dicen que no iban drogados (já, no me lo creo), solo buscaban su cordura, que se les había caído.
Un beso =)