Terrible el destino de las notas. Ya pueden ser profundamente graves, imposiblemente agudas, breves o eternas, su voz no tiene sentido si no se lazan en una partitura, no encuentran la prolongación de su vida si no es en la voz de otras notas. Incluso los silencios tienen su propia música.
Pero las más curiosas son esas corcheas que teniendo dos cabecitas unen sus brazos, como el rabo de una cereza. Es más que un legato lo que une a esas dos notas, es una asimilación tan profunda que les hace tanto o más fuertes que una negra. A veces se juntan tres, cuatro, no hablemos de las que están unas encima de otras, formando una orgía armónica. Ahora hay de todo.
Luego quién no siente lástima por esas corcheas solas, que parecen mutiladas, que suenan, pero tan tímidamente que apenas se oyen, su voz se pierde en un pestañeo, en un despiste del público espectante a otras notas más bellas.
Terrible el destino de las notas, pero más el de esas corcheas, esas almas desequilibradas que caminan agazapadas por el pentagrama. Nunca conocerán la paz que encontrarían en la soledad, porque están consagradas a ser un engranaje más de la absurda máquina melódica, a convivir con otras notas como alguna negra, una blanca, redonda si hay suerte, en definitiva, alguien más feroz que amortigüe su caída, pero que nunca, nunca accede a darle ese brazo que precisa en los momentos en los que la risa es un acorde disonante y disminuido, y el llanto discurre en una escala menor.